«El miedo es el asesino más mortífero; no te mata, pero te impide vivir»

Dicho popular

 

La Declaración Universal de Derechos Humanos contiene treinta artículos; nueve de ellos contienen directamente la palabra «libertad». Por lo tanto, se espera que un abanico de libertades sean derechos humanos básicos. Nos consideramos individuos «libres» e independientes. Y desde el surgimiento de las sociedades complejas siempre hemos tratado arduamente de eliminar nuestros miedos inciertos y desconocidos; saber de dónde procedían para poder afrontarlos siempre suponía un alivio. Habitualmente resultaba que no eran tan siniestros (vampíricos) como habíamos pensado o imaginado. Cuando podíamos verlos, y quizás tocarlos, la oscuridad que los rodeaba desaparecía. A veces lográbamos un sentimiento de «ajá» y dejábamos escapar un gran suspiro que mejoraba las cosas. Una vez que puedes ver algo estás en mejor disposición para hacer algo con ello. El miedo y los peligros potenciales solían ser mucho más familiares para nosotros; pero eso sucedía cuando el mundo era más pequeño, y nuestros vecindarios lugares hogareños a los que pertenecíamos.

El cambio a la «era moderna» se consideró como un movimiento hacia un mundo donde las calamidades y los desastres catastróficos se darían por zanjados. Sería un tiempo en el cual se eliminarían las ilusiones fantasiosas y las preocupaciones infundadas. Sería un mundo «moderno» de certidumbre y avances sólidos. Se diría que lo que una vez se consideró como un camino recto hacia delante se ha convertido en una desviación larga y tortuosa; y los únicos mapas que tenemos son sistemas de navegación por satélite con molestas voces de figurantes. El mundo moderno ha hecho poco para acabar con la presencia de amenazas existenciales que, de hecho, si acaso, se han incrementado. Ya no solo tenemos que preocuparnos por los desastres naturales, también tenemos los desplomes de los mercados bancarios y bursátiles; el colapso corporativo; el fallo de las redes eléctricas; aviones que caen del cielo; chavales con armas cortas abatiendo críos en la escuela; o yihadistas en los conciertos de pop. Actualmente es una cornucopia de posibles muertes prácticamente en cada esquina; y literalmente en nuestras escuelas, hogares y muy claramente en nuestras propias cabezas. Como Craig Brown cita, con un toque paródico: «Cada día, había nuevas alarmas globales por virus letales, mareas asesinas, icebergs mortíferos, drogas mortales, carnes criminales, vacunas letales, asesinos homicidas u otras posibles causas de muerte inminente».1

Como he comentado en artículos previos, y en mi reciente libro Healing the Wounded Mind, una psicosis masiva propaga su virus traumático impregnando nuestras vidas cotidianas con una pandemia de miedo. No se trata necesariamente de un gran miedo del tipo «¡oh Dios mío!». Los constantes «miedos civilizados» subyacentes también mantienen dentro de nuestro ser colectivo una energía de nerviosismo y ansiedad. Tales «miedos modernos» parecen tener un programa casi civilizado, con el que se intenta hacer aceptable una vida con miedo.  Esto es a lo que Thomas Mathiesen se refiere como un «silenciamiento silente» en la medida en que «forma parte de nuestra vida cotidiana; es ilimitado y por tanto está grabado en nosotros; es silencioso y en consecuencia pasa desapercibido, y es dinámico en el sentido de que se expande en nuestra sociedad, y por ello cada vez se hace más incluyente».2

Los riesgos se consideran peligros calculables en los que al menos tenemos cierta capacidad para estimar su potencial. Pero los miedos modernos son tales que no podemos predecirlos ni escapar totalmente de ellos debido a que coquetean demasiado cerca de nuestras oscuras fantasías. En tanto que los riesgos pueden considerarse como explosiones que proceden de fuera, nuestros miedos son las implosiones que estallan desde dentro. El trauma de la mente herida[i] perpetúa dentro de nosotros esa lucha entre un sentido del yo y algún agente externo «ajeno», casi alienígena. El psicoanalista alemán Erich Fromm escribió que la batalla por la libertad se libra tanto dentro de uno mismo como fuera con nuestras instituciones. Nuestra dependencia, sugiere, comienza con el desamparo de nacer y la necesidad de protección y dependencia excesivamente largas. La fragilidad biológica humana, dice, es la condición propia de la cultura humana. El resultado es que a lo largo de toda la vida persiste una lucha entre el yo individual y los fuertes poderes externos abrumadores o antinaturales para nosotros. Fromm destacaba que sucumbíamos a los poderes externos a nosotros mismos debido a que somos ciegos para nuestras limitaciones, compulsiones y miedos internos, que socavan nuestro poder real. Fromm hizo una interesante observación al decir que el ser humano «ha dejado de ser realmente el amo del mundo que ha construido; por contra, este mundo hecho por el hombre se ha convertido en su dueño, ante el cual se inclina, al cual intenta aplacar o manipular en la medida de lo posible».3

Nuestra psicosis moderna ha convertido el miedo en su propio producto básico de mercado, y como cualquier buen mercado requiere consumidores, los cuales consumirán mejor si se les da una necesidad válida.  Esta lógica nos dice que el miedo se siembra en tantos de nosotros como sea posible para tener la necesidad de salvaguardarnos de él. De alguna manera se parece a decir que mucha gente está obsesionada con la dieta porque nuestros medios de comunicación nos cuentan lo importante que es estar delgado. El sociólogo francés Hugues Lagrange, en su estudio sobre el miedo, llega a utilizar el concepto «miedo derivado» que es aquel que guía gran parte de nuestro comportamiento moderno. Cuando no hay ninguna amenaza inmediata actúa como un tipo de miedo secundario. Es un sedimento, un residuo, que sobrevive a cualquier amenaza real; de alguna manera la sombra de la intimidación persiste y nos persigue. Conforma nuestro comportamiento independientemente de si existe cualquier amenaza directa. Sugiero que es este tipo de miedo el que es endémico en la mente herida y se siembra en nosotros a través de nuestros medios de comunicación e instituciones sociales.

Este tipo de miedo persistente e inquietante es más intangible, invisible, y por tanto no se puede cuantificar o valorar razonablemente.  Es, en todas sus formas y maneras, un tipo de miedo indefinible: escurridizo, tenebroso y furtivo. Es desagradable y aun así tiene un gran poder para invadir e infectar nuestras mentes conscientes e inconscientes. Nos hace más susceptibles y vulnerables a sentimientos de inseguridad e impotencia. En cualquier momento estamos expuestos al ataque; se nos inculca desconfianza. Y, lo que es importante, estamos más dispuestos a obedecer (es decir, obediencia voluntaria) a aquellos poderes autoritarios que prometen defensa y seguridad. Cualquier persona que haya internalizado las emociones que siente por el miedo derivado estará más dispuesta a responder como si estuviera intimidada incluso sin que exista una amenaza genuina. Ese comportamiento es autopromovido, que es exactamente lo que quiere la psicosis colectiva.

Quienes estamos en los así llamados territorios «desarrollados», vivimos en algunas de las sociedades más seguras, mimados por nuestros bienes y estilos de vida, y aun así nos sentimos más amenazados, inseguros, vulnerables, y propensos al pánico que la mayoría de las otras sociedades.

Psicológicamente, tememos ser débiles. Despreciamos ser vistos como oprimidos, como el «eslabón más débil» de nuestra familia o comunidad.  Y aun así nuestros medios de entretenimiento juegan con eso. En los reality shows de televisión se vota la expulsión del «más débil», desde el cobarde que está en la selva hasta el ñoño de la casa del Gran Hermano. En el pseudoconcurso del mismo nombre se elimina al «eslabón más débil». Esta moral nos enseña que ser débil supone la exclusión, el exilio, la marginación: la persona expulsada del Gran Hermano se enfrenta a un aluvión de abucheos. No hay nada tan corrosivo como la humillación pública. Ya no se necesita arrojar las mercancías de la plaza del pueblo y las verduras podridas: disponemos de los principales medios sociales y de comunicación para añadir el insulto público a la injuria. Y todo esto es un alimento traumático para la mente herida colectiva. ¿Es que no podemos ver que lo estamos interpretando ante nosotros mismos, o más bien, quizá, que se escenifica para nosotros? Las sombras danzan en las paredes de la caverna de Platón, y nosotros nos sentamos fascinados y atemorizados por nuestra falsa debilidad.

Muchas de las cosas de la vida moderna que se exhiben son poco más que distracciones transitorias: la novedad retro o la moda; el milagro de una canción muy exitosa de una estrella pop que fue apartada de un reality de TV; una canción publicitaria de TV que uno canta en la ducha; la dieta hiperpromocionada; la última receta de un zumo; etcétera. No obstante, el miedo intangible y acechante persiste: sombrío y aun así siempre presente. Este tipo de miedo no solo se infiltra profundamente en nosotros, también nos recuerda que nuestro verdadero miedo es ser incapaces de escapar a nuestra propia condición de tener miedo. En muchos casos, este miedo interno constante nos ha obligado a dar permiso para que entidades externas intervengan en nuestras vidas privadas. Nos vemos impulsados a repartir parte de nuestro poder con otros, que es lo que quiere exactamente la mente herida: un poder colectivo para traumatizarnos. Como dijo el director de cine Adam Curtis: «en una época en la que todas las grandes ideas han perdido credibilidad, el miedo a un enemigo fantasma es todo lo que les queda a los políticos para mantener su poder».4

Nuestras «nuevas seguridades» se nos ofrecen en forma de faltas de libertad. En otras palabras, hemos abierto la puerta y hemos permitido que el lobo entre como invitado.

 

Privacidad, faltas de libertad e (in)seguridades

El artículo doce de la Declaración Universal de los Derechos Humanos enuncia: «Libertad frente a las intromisiones en la vida privada, la familia, el hogar y la correspondencia». Esto suena casi como una reliquia obsoleta. En la era moderna, la idea de la privacidad ha experimentado una conmoción: se ha convertido en el dominio de nuestras sociedades confesionales, donde actualmente se ha divorciado del secreto. La privacidad ha dejado de ser un espacio íntimo, solo es un espacio donde la persona puede ofrecer sus pensamientos y expresar sus opiniones. Hace tiempo era un lugar mucho más resguardado y seguro; un sitio donde los traumas personales estaban velados. Pero hoy día, con el ascenso de la esfera pública, ha dado un giro casi irreversible. El dominio privado y la esfera pública son ahora colaboradores que forman parte de la sociedad moderna pseudotransparente. La antigua mente herida interna e individual se ha transformado en un confesionario colectivo y público.

Durante siglos vivimos con el sentido medieval de la confesión; es decir, un susurro íntimo, confidencial para el cura, o bien la confesión arrancada mediante tortura en lugares retirados y ocultos. Ahora podemos disfrutar de confesiones públicas que rayan en la autopublicidad; desde los blogs a las publicaciones en los medios sociales y los vídeos que alardean de un exhibicionismo que antes desaprobaban la mayoría de las culturas. Lo reservado –el yo secreto– se ve ahora como algo antisocial. Estos comportamientos y actitudes forman parte de la psicosis colectiva que desea compartir, difundir e influir en los demás para que se unan a este proceso público pseudocatártico. Las tecnologías que permiten tales confesiones públicas simplemente reflejan la condición humana; no es tanto que se entrometan en nuestro interior, más bien es que muestran externamente aquello que normalmente mantenemos oculto. Ahora la exposición física, social y psíquica es una parte de la mente colectiva general.

Más aún, este modo moderno de mente herida ha intentado imponer un control factible sobre el caos social y las incertidumbres ingobernables. Según el sociólogo Zygmunt Bauman: «para conducir el mundo de los humanos, de sus deseos y objetivos, hasta ahora enojosamente opaco, incomprensiblemente impredecible y exasperantemente desobediente e inconsciente, hacia un orden completo, indiscutible y sin oposición», se ha ejercido una mentalidad racional. «El Orden bajo la ley    irreductible de la Razón».5 Este «orden sin oposición» necesita una mentalidad colectiva obediente, y el material ideal para manejar esto es la mente herida completa con sus traumas.

En las sociedades modernas, el poder y la política ya se han separado; en verdad, el poder ha dejado de ejercerse a través de nuestras instituciones políticas. Al igual que nuestras redes, actualmente ha virado hacia un espacio extraterritorial que está más allá de fronteras, naciones, leyes, visibilidad y rendición de cuentas. El poder externo es ahora invisible, intangible y casi etéreo. La necesidad de seguridad, que se está introduciendo como una fuerza social estabilizadora es, no obstante, otra forma de poder. Y a lo largo de la mayor parte de la historia humana ha sido así: brindamos nuestra cooperación para ser gobernados, y los gobernantes lo celebran. De hecho, eso esperan; confían en ello. Este acuerdo sumiso es lo que sostiene la autoridad: el cumplimiento evidente se sigue de nuevas normas sociales y de un comportamiento «previsto». También funciona a través de la seducción mediante la excitación de nuestros deseos y el suministro de sus satisfacciones. El manejo social (también conocido como seguridad) es una mezcla de relaciones públicas brillantes y nuestra propia autovigilancia cómplice: el móvil, el reloj inteligente y el «rastreador de salud», etcétera. Se diría que para encontrar sentido debemos suministrar datos. Como advierte el filósofo Jean-Pierre Dupuy: «estamos condenados a una vigilancia perpetua».6

A todos los efectos y propósitos, la vida moderna se ha hecho dependiente de la vigilancia; y también es una dependencia adictiva. Una vez que la tenemos, sentimos que no es suficiente y que necesitamos más, hasta que llegamos al punto en el cual nos damos cuenta de que no podemos pasarnos sin ella porque hemos creado nuestro propio estado psicológico de sentirnos temerosos. Es muy sencillo: el miedo genera miedo. Actualmente, en las sociedades cada vez más «aseguradas» las inseguridades se están convirtiendo en la norma. La inseguridad se ha insinuado en nuestras configuraciones sociales y políticas. En otras palabras, la in/seguridad es ahora sistémica; pero está lejos de ser estática. Las visiones distópicas previas de in/seguridad, en especial las de Orwell y Huxley, consideraban que tales culturas eran más consolidadas. Los regímenes de seguridad/control estaban bien posicionados y eran intimidatorios. O, en el caso de Huxley, estaban enraizados en nuestros placeres irresistibles. Hoy día, nuestras in/seguridades y los regímenes de poder y control son fluidos, inciertos, invisibles, y están en continuo movimiento, se adaptan, se resitúan y se reconfiguran.

Ahora, el miedo y la inseguridad se difunden de una manera no lineal y asimétrica a través de nuestras diversas culturas. Son impredecibles, poco claros, sin anclajes, y con agendas o motivos no explícitos. Estamos obsesionados por un ambiente de continua propaganda de cosas desconocidas, de peligros amenazantes con miles de caras, que se nos dice que están por todas partes. A menudo, nuestras agencias de propaganda social empaquetan ingeniosamente estás amenazas «flotantes» intangibles como «cosas conocidas», tales como una organización terrorista o grupos étnicos estereotipados. En otras palabras, los «sospechosos habituales» se dan a conocer, cada vez con un nombre diferente o un acrónimo como de juguete. A cambio, «nosotros, el pueblo» nos encuadramos en contra de tales amenazas como una manera de ser vistos como algo separado de ellas: «todos necesitamos señalar a los enemigos de la seguridad para evitar ser contados entre ellos… Necesitamos acusar para ser absueltos; excluir para evitar la exclusión».7 Y esta ha llegado a ser la cara pública de nuestra mente herida colectiva. Ella teme, y por lo tanto nosotros debemos temer.

Al final, esa «seguridad» realmente genera un aumento de la inseguridad, ya sea como un subproducto o quizá como una política integral deliberada. Esto ha creado una «obsesión por la seguridad» con mucha gente que vive en entornos urbanos modernos en los cuales se anima a los ciudadanos ordinarios a responder a estas inseguridades de dos maneras, ya sea con una estrategia de defensa (por ejemplo, acopiando suministros) o de ataque (como apoyar medidas gubernamentales extremadas, incluyendo la vigilancia doméstica). Nuestra mentalidad pública colectiva se condiciona todavía más con sentimientos de inseguridad inculcados por los políticos y los medios de comunicación, y mantenidos mediante la fortificación urbana, la vigilancia tecnológica y la vulnerabilidad económica. Nuestros densos enclaves urbanos modernos se están llenando ahora de comunidades cerradas, vecindarios con patrullas privadas, y zonas de seguridad. Estamos viviendo cada vez más junto a muros visibles e invisibles, torres de vigilancia y recintos, todos ellos protegidos agresivamente por unas fuerzas de seguridad armadas florecientes. La mente herida quiere hacer que todos nos sintamos de alguna manera vulnerables y heridos.

Pese a todo ello, tenemos que recordarnos constantemente a nosotros mismos que esta mente herida necesita nuestras mentes para manifestarse; necesita nuestra conformidad voluntaria, y es aquí donde reside la maniobra inteligente pero miserable de presentar lo cruel e inhumano como algo normal.

 

Normalizar lo inhumano como humano

Adolf Eichmann fue juzgado en Jerusalén acusado de estar implicado en la muerte de alrededor de seis millones de seres humanos. Su defensa trató de convencer al tribunal de que su única motivación fue el trabajo bien hecho. Es decir, hacerlo lo mejor que podía para sus superiores, como haría cualquier trabajo. Alegó que él no tenía interés personal o resentimiento contra la gente y que no podía aguantar la visión de un asesinato, que prestaba un servicio leal a sus superiores y que la muerte de millones era un daño colateral. Pensemos en esto durante un momento: ¿hay algo incorrecto en querer cumplir las órdenes de la mejor manera posible? Aquí basta con hacer referencia a los tristemente célebres experimentos de Stanley Milgram para darnos cuenta de que si alguien con una bata blanca nos lo dijera haríamos casi cualquier cosa.[ii] Hemos sido condicionados socialmente muy a fondo para aceptar y someternos a diversos despliegues de poder.

Como he comentado con anterioridad, lo que denomino el «Proyecto de Modernidad» ha injertado dentro de la psique colectiva una obediencia subconsciente a la autoridad. Es como una forma de condicionamiento artificial.[iii] En las sociedades modernas el concepto de justicia es reemplazado por la necesidad manifiesta de orden y estabilidad. Además esto se refuerza mediante estrategias de miedo para establecer y mantener la obligada necesidad de seguridad. No disponer de una estructura fiable de seguridad insinúa la alternativa del caos y el desorden. Dentro de los sistemas sociales complejos la amenaza de caos –y con ello la pérdida de privilegios sociales– normalmente es suficiente para que las medidas restrictivas de seguridad obtengan apoyo. Para conseguirlo, ha habido una maniobra sutil e ingeniosa –pero devastadora– para aclimatar y desensibilizar a la gente a fin de que realice actos inhumanos. La psicosis no solo es prevalente entre quienes son corruptos y peligrosos o aquellos que ostentan un gran poder. También está generalizada entre la «gente amable» que trabaja en las oficinas, o los técnicos de laboratorio, los funcionarios y, por supuesto, los propietarios, los directores y los accionistas: toda la gente que no solo ostenta sino que además está dispuesta a aplicar nuestras formas burocráticas de gestión social.

Es un escenario kafkiano donde la burocracia y sus justificaciones profesionales cancelan cualquier noción de alma, sentido, compasión, y especialmente amor. Todo se reduce al concepto final del «servidor leal». Erich Fromm, en su altamente respetada obra El miedo a la libertad, reconocía que un poder enormemente influyente, casi secreto, se estaba ejerciendo sobre la totalidad de la sociedad de una manera que ha influido en nuestra mentalidad social. Escribió que: «Debido a que nos hemos liberado de las formas públicas más antiguas de autoridad, no vemos que nos hemos convertido en víctimas de un nuevo tipo de autoridad. Nos hemos convertido en autómatas que viven bajo la ilusión de ser individuos que se gobiernan por su propia voluntad».8 Y mi argumento es que esta ilusión está sustentada y desarrollada por la mente herida traumatizada. El resultado es que hemos entrado en una crisis psicológica colectiva.

Hoy día, nuestra crisis –nuestra psicosis actual– es que muchos de nosotros estamos, en palabras de Eric Fromm, viviendo bajo la ilusión de ser individuos que se gobiernan por su propia voluntad. La ingeniosa maniobra de la mente herida nos ha contagiado la ilusión, o alucinación, de que todo lo que pensamos, y por lo tanto hacemos, emana de nuestro propio libre albedrío. La contradicción frustrante es que, si podemos actuar desde nuestras propias mentes, podemos tener y tenemos entidad individual. Para conseguirlo, debemos separar nuestro sentido del yo genuino del yo social programado que actúa como nuestra personalidad: nuestra máscara. Tenemos que despertar y ver la manera en la cual nuestras vidas han sido, y continúan siendo, manipuladas y programadas.

Actualmente, ocupamos un espacio donde puede suceder cualquier cosa, pero nada puede saberse con certeza. Lo que es cierto, sin embargo, es que el futuro tiene que estar en nuestras manos. La única libertad real y genuina debe lograrse ahuyentando de nosotros el miedo: cortando sus raíces (erradicándolas) y expulsándolo de nuestras mentes colectivas e individuales. Hasta que lo hagamos, seguiremos viviendo dentro de un mundo irreal, un mundo que es una tiranía contraria a la consciencia humana.

 

Extraído del libro Healing the Wounded Mind: The Psychosis of the Modern World and the Search for the Self.

 

Kingsley L. Dennis es el autor de Healing the Wounded Mind: The Psychosis of the Modern World and the Search for the Self  y de Bardo Times: hyperreality, high-velocity, simulation, automation, mutation – a hoax? (Edición en español: Los tiempos del bardo: hiperrealidad, alta velocidad, simulación, automatización, mutación, ¿un fraude?) Disponibles en Amazon. Visítele en su web: https://www.kingsleydennis.com/

 

Citas

1 Citado en Bauman, Zygmunt. 2006. Liquid Fear. Cambridge: Polity Press, pag. 5. (En español: Bauman, Zygmunt. 2007. Miedo líquido: La sociedad contemporánea y sus temores (Estado y Sociedad). Paidós)

 2 Citado en Bauman, Zygmunt. 2006. Liquid Fear. Cambridge: Polity Press, pag. 6

 3 Fromm, Erich. 1960. The Fear of Freedom. London: Routledge & Kegan Paul, pag.

  1. (En español: Fromm, Erich . 2004. El miedo a la libertad. Paidós)

 4 Citado en Bauman, Zygmunt. 2006. Liquid Fear. Cambridge: Polity Press, pag. 149

 5 Citado en Bauman, Zygmunt. 2006. Liquid Fear. Cambridge: Polity Press, pag. 79-80

 6 Citado en Bauman, Zygmunt. 2006. Liquid Fear. Cambridge: Polity Press, pag. 176

7 Bauman, Zygmunt; Lyon, David. 2013. Liquid Surveillance. Cambridge: Polity Press, pag. 104

 8 Fromm, Erich. 1960. The Fear of Freedom. London: Routledge & Kegan Paul, pag. 177

 

[i] https://kingsleydennis.com/la-mente-herida/

[ii] Ver Milgram, S. 1974. Obedience to Authority: An Experimental View. New York: Harper Collins (versión en español: Milgram S. 2007. Obediencia a la autoridad. Ed. Desclée de Brouwer)

[iii] Ver mi libro The Struggle for your Mind