Hay algo esencialmente erróneo en cómo está el mundo ahora mismo. ¿No lo ves, no lo sientes? Somos una especie con un carácter noble, un gran espíritu, y un alma sagrada. En nuestros corazones solo deseamos el mejoramiento de todos, el amor, la justicia y la comunión. Y aun así lo que estamos presenciando en el mundo no es ni más ni menos que una absoluta locura. Tenemos que decirlo exactamente como es: hay una enfermedad en curso y su agente patógeno está actuando a gran escala.

Yo propongo la posibilidad de que exista cierto tipo de infección/invasión/contagio que produce una «locura mental»tan normalizada en nuestro interior que apenas la reconocemos. Es decir, su «presencia» ha arraigado dentro de nuestras diversas formas de condicionamiento social (o quizá incluso lo produzca) para encubrir su existencia. Esta locura normalizada usurpa nuestros patrones de pensamiento genuinos, lo que da lugar a que cuando todos compartimos esta psicosis colectiva, la locura general parezca una «característica normal» de la civilización humana. Y a quienes están «despiertos» a la mente y al espíritu humanos genuinos se les considera locos –anómalos– como el siguiente cuento nos muestra:

Había una vez un rey sabio y poderoso que gobernaba en una remota ciudad de un lejano reino. Y al rey se le temía tanto por su poder como por su sabiduría. En el corazón de la ciudad había un pozo cuya agua era fresca y cristalina, y todos sus habitantes bebían de él, incluso el rey y sus cortesanos, porque en la ciudad no había otro. Una noche, mientras todos dormían, una bruja entro en la cuidad y vertió en el pozo siete gotas de un extraño líquido, y dijo:

«A partir de ahora, quienquiera que beba de esta agua se volverá loco».

A la mañana siguiente todos los habitantes bebieron el agua del pozo, excepto el rey y su lord chambelán, y de inmediato todo el mundo se volvió loco, como la bruja había predicho. Durante aquel día, todos recorrían las callejuelas y las plazas públicas murmurando entre sí:

«El rey está loco. Nuestro soberano y su lord chambelán han perdido la razón. Como es natural, no podemos ser gobernados por un rey loco. ¡Debemos destronarlo!»

 Aquella noche, el rey ordenó que se le trajera una copa de oro con agua del pozo. Y cuando la trajeron el rey y su lord chambelán bebieron copiosamente. Al poco en aquella distante ciudad de aquel lejano reino hubo un gran regocijo porque el rey y su lord chambelán habían recuperado la razón.

El rey y su amor por la sabiduría (mente genuina) se corrompieron por las gotas venenosas del líquido de la bruja (virus/agente patógeno) lo que dio como resultado una epidemia masiva de locura (psicosis/mente herida). Entonces, esa mente corrompida se convirtió en la narrativa dominante que influía en el comportamiento social. Esta mente herida es como un contagio infeccioso.

Nuestra «mente cultural» colectiva se moldea permanentemente por las narrativas socio-culturales dominantes que normalizan nuestros patrones mentales y emocionales de conducta. Estas normas se transfieren a mitos culturales que sirven para transmitir y reforzar estos sistemas colectivos de creencias. Mediante afirmaciones inconscientes terminamos por validar nuestro propio pensamiento corrompido. Esta semilla de psicosis, una vez plantada, aspira a propagarse y reforzarse a través de derivaciones y manifestaciones que legitiman su propia existencia «lógica»; confraterniza con nuestras propias vías neuronales como un cáncer mental, como alguien de dentro en lugar de un intruso, de manera que no percibamos su presencia tóxica. Pero en lo más profundo de cualquier persona sensible/sensitiva persiste una engorrosa sensación de que algo no está «del-todo-bien».

Esta extraña realidad se internaliza de manera que nos adaptamos a una forma de «normalidad», y a cualquiera que hable sin reservas o cuestione este «paradigma de normalidad» se le considera raro, excéntrico o, lo que es peor, loco. Una categoría más reciente para designar a tales personas es la de «teórico de la conspiración» que es un brochazo para desestimar a la gente con ideas o pensamientos contrarios a esta «norma». Y quienes parecen aceptar y alentar tales normas son incorporados «al redil» y se les apoya en sus trayectorias profesionales. La mayoría de aquellos que ostentan una mente herida no están en tratamiento psiquiátrico, sino que gobiernan la mayor parte de nuestras instituciones sociales, políticas y financieras. Los cargos con gran poder necesitan su propia mentalidad específica que en general corre a cargo de la mente corrompida.

 

Una perturbación mental

La presencia de la mente herida es una especie de enfermedad del alma que se manifiesta como una perturbación del inconsciente colectivo. Al igual que cualquier otro virus o agente patógeno, trata de difundirse infectando a tantos portadores como sea posible. Aquellas personas que acarrean la mente herida (lo sepan o no) actúan como sus transmisores y amplificadores, reforzando su frecuencia dentro del campo no-local colectivo de consciencia. Una posesión colectiva es a lo que nos referimos como una epidemia psíquica, o una perturbación en dicho campo. Tales trastornos pueden tener diversos efectos sobre la salud mental y el bienestar de la gente.

La gente que padece de una mente herida puede acarrearla dentro de sí misma como un trauma «indefinible», y es común que para afrontarla (o escapar de ella) recurra al alcoholismo o la dependencia de drogas. Cuando una persona se siente estresada o traumatizada es como si tuviese una herida abierta que favoreciese la infección adicional. Y al principio es bastante sutil ya que nuestras sociedades modernas han ideado innumerables maneras de interferir en nosotros. Se nos distrae para que miremos hacia otro lado en lugar de a nuestras mentes y en consecuencia pasemos por alto el psico-patógeno en acción. Cuando una persona integra aún más la mente herida puede que se haga vulnerable a la victimización: por ejemplo, mediante el hostigamiento social y el acoso escolar (actualmente sobre todo vía internet), o como consumidor adicto de desviaciones sexuales, pornografía, y experiencias extremas socialmente aprobadas. El monje Thomas Merton dijo que nuestras sociedades modernas padecen una crisis de cordura:

«Los problemas de las naciones son los problemas de la gente mentalmente trastornada, pero mil veces magnificados porque cuentan con la aprobación enteramente circunspecta de una sociedad, unas estructuras nacionales y unos complejos militares y empresariales esquizoides».[1]

Si todas las instituciones modernas están infectadas por un sistema de patrones mentales de pensamiento corrompidos, en tal caso como sugiere Merton, esta precariedad se amplificará y empeorará. Las neurosis individuales son aprobadas institucionalmente y se les da soporte dentro de una cultura que ha basado sus normas sociales en tales irracionalidades. Lo irracional se ha abierto paso y se ha implantado como la norma racional estándar. Quizá no sea de extrañar que la gente sea tan susceptible a este patógeno mental cuando se nos acerca disfrazado con piel de cordero. Como siempre ocurre, habitualmente la gente más vulnerable es aquella condicionada por la autoridad y/o la pasividad. Desafortunadamente, este rasgo se implanta inicialmente mediante la escolarización obligatoria.

Igualmente, las personas fácilmente influenciables por las opiniones externas y propensas al pensamiento grupal se cuentan entre las primeras en brindar su independencia mental a fuentes exteriores. El virus de la mente herida se aprovecha de tales individuos de pensamiento grupal, ya que son los campos de juego de masas más abiertos a las epidemias psíquicas. La «mente de masas» de la humanidad ayuda a la transmisión y proliferación del patógeno psíquico: la mente herida.  Como el famoso psiquiatra R.D. Laing dijo en una ocasión: «El estado de alienación, de estar dormido, de ser inconsciente, de perder el juicio, es el estado del hombre común…la gente común puede que haya matado unos cien millones de semejantes en los cincuenta últimos años».[2] La percepción consciente quizá sea nuestro mejor antídoto.

Si queremos ver la historia humana desde una perspectiva más amplia, es importante que contemplemos los grandes acontecimientos, las acciones humanas, la propaganda, los disturbios sociales, las luchas de poder, y todo lo demás, desde este punto de vista de la mente herida. La mente humana moderna se ha formado a partir de muchos rasgos que incluyen la codicia, la lujuria, la ambición, el materialismo, la falsedad, y una personalidad escindida. En conjunto son características que señalan una ausencia de autenticidad. La mente herida busca desarrollar dentro del individuo mayores grados de falsedad y carencia de empatía. Podemos ver cómo tales personalidades recorren el escenario mundial.

El peligro de la mente herida es que la resistencia también puede ayudar a su propagación. Es decir, la gente que a menudo comienza resistiendo y luchando contra esta mentalidad corrompida muchas veces termina por adoptar sus valores para sobrevivir. Es un pensamiento del tipo: «Si no puedes vencerlos, únete a ellos». Y también es muy probable que este cliché haya sido un producto de la mente herida con la intención de verificarse a sí misma. Podría parecer que estamos forcejeando para despertar en contra de nuestro propio hechizo de sueño.

Bajo el hechizo patógeno

A menudo, místicos, sabios y tradiciones de sabiduría han dicho que la humanidad esta colectivamente dormida. La ignorancia acerca de nuestro estado, y la ausencia de conocimiento real, indican que estamos dormidos. De manera similar, los gnósticos consideraban que la humanidad estaba «dormida», en un trance –una forma de embrujo material– que nos cercenaba del contacto con una fuente divina genuina. En lugar de ello, somos gobernados por un «dios falso o defectuoso», un demiurgo, que tiene la malévola intención de mantenernos atrapados dentro de los dominios de lo material.

Cuanto más cultivemos esta mente herida dentro de nuestras sociedades y culturas más gente se comportará y vivirá como autómatas. Existiremos dentro de un rango más estricto de estímulos condicionados que programan opiniones y patrones de pensamiento específicos que validan el agente patógeno. Una persona que está más condicionada a la obediencia es más susceptible de recibir el virus mental. Quizá sea por ello por lo que nuestras sociedades modernas están estableciendo rígidas órdenes de control y obediencia, como cuando viajamos, pasamos por los aeropuertos, etcétera. Puede asemejarse a la preparación de una conducta automática como requisito para una mente automatizada. El místico George Gurdjieff escribió:

«La cultura contemporánea requiere autómatas. Y, sin duda alguna, la gente está perdiendo sus hábitos adquiridos de independencia y convirtiéndose en autómatas, en partes de las máquinas… El ser humano se está convirtiendo en un esclavo voluntario. Ya no necesita cadenas. Se está encariñando, enorgulleciendo, de su esclavitud. Y esta es la cosa más terrible que le puede suceder a un ser humano».[3]

Adoptando la mentalidad de la mente herida participamos en nuestra propia supresión y fomentamos el comportamiento de un autómata. Tenemos que reconocer que nuestros sistemas sociales tradicionales se configuran para corroborar y reforzar la mentalidad de consenso. Cualquier resistencia genuina no puede proceder de ningún «movimiento de masas» sino solo de aquellas personas que pueden pensar y actuar con independencia.

Es importante reconocer que la mente herida es un fenómeno de campo, y que nuestra propia mente y nuestros pensamientos no están custodiados con seguridad dentro de nuestras cabezas. Puesto que todos estamos interconectados dentro de un campo no-local, todos somos susceptibles de ser infectados por este virus predatorio. El primer paso que podemos dar es aceptar la posibilidad de que ese virus patógeno exista. El texto gnóstico El evangelio de Felipe dice: «Mientras la raíz de la perversidad está escondida, es fuerte. Pero cuando se la reconoce se disuelve. Cuando es revelada perece…». El peligro radica en nuestra distracción.

Debemos cuidarnos de distraernos de nuestra autenticidad y de dejarnos seducir por las distracciones modernas de la búsqueda del placer hedonista, la codicia y el materialismo, y la carrera tras las satisfacciones superficiales. Después de todo, esta psicosis ilusoria ofrece falsas promesas. Nuestras culturas modernas parecen querer evitar que la mayoría de la gente busque sus propios caminos de desarrollo genuino. Esta es sin duda la razón por la cual nuestras sociedades basadas en el capitalismo de consumo requieren una masa ajustada de trabajadores y consumidores que vivan una vida regulada, predecible y conformista.

Con todo, ahora es necesario ver la mente herida como lo que es: reconocer y verificar es esencial. Si no podemos aportar armonía y sentido común al mundo que nos rodea, al menos deberíamos brindárnoslos a nosotros mismos. Somos quienes estamos dañados y quienes podemos convertirnos en nuestros sanadores heridos.

 

Extraído del libro Healing the Wounded Mind: The Psychosis of the Modern World and the Search for the Self.

 

[1] Citado en Levy, Paul. 2013. Dispelling Wetiko: Breaking the Curse of Evil. Berkeley, CA: North Atlantic Books, p47

[2] Ibídem

[3] Ouspensky, PD. 1950. In Search of the Miraculous: Fragments of an Unknown Teaching. London: Routledge &Kegan Paul, p316