La década que comienza será un periodo de prueba por cuanto señala el cenit de la colisión entre dos mitologías – o más bien, dos eras concretas. La era mitológica saliente es aquella que ha definido, en gran medida, el reciente siglo y medio de crecimiento, avances tecnológicos y descubrimientos sin precedentes. El modelo de esta era consistía en la extracción industrial de combustibles fósiles, la construcción de superautopistas de hormigón, la instalación de cables pesados, el desarrollo de zonas globales de comercio, la centralización de los negocios en mega-corporaciones, etc. Fue una era definida por maquinarias e industrias pesadas y caracterizada por el uso de  energía de alta intensidad. Y al mismo tiempo, fue necesaria para la creación y evolución de nuestras diversas sociedades hacia un organismo planetario de interconexiones.

En la actualidad nos resulta transparente que muchos de los sistemas en los que hemos llegado a confiar están en un estado de vulnerabilidad crítica. La próxima década implica un periodo de riesgos repentinos a corto plazo, tanto económicos, como ambientales, geopolíticos, sociales, y tecnológicos. Mientras los estados nacionales rivalicen por el viejo modelo de requerimiento de cantidades crecientes de energía y materiales para sostener el crecimiento económico, se producirá una escalada en la lucha por el control de los recursos que realineará las relaciones geopolíticas a lo largo del mundo.

No deberíamos subestimar las maniobras encubiertas que se llevarán a cabo en el panorama mundial desde ahora hasta el 2020. Naciones como China y Arabia Saudí ya están comprando tierras de cultivo en Australia, Nueva Zelanda y Sudamérica. Norteamérica y Sudamérica, Europa, Asia y Oriente Medio son todos ellos lugares conflictivos en los que se representará este “Gran Juego”. Por ejemplo, Oriente Medio dispone de una enorme riqueza petrolífera y, al mismo tiempo, se enfrenta a una desigualdad económica, corrupción política e inestabilidad extremas, y a la necesidad de importar recursos críticos tales como comida y agua. Las protestas de la Primavera Árabe fueron disparos de advertencia que avisaban al mundo de que la gente no estaba dispuesta a tolerar más estas situaciones. Lo que allí estalló sorprendió a casi todo el mundo y es más que probable que en esas áreas surjan más desestabilizaciones.

A corto plazo podemos encontrarnos con que la respuesta política es intentar organizar el mundo en estructuras más regionalizadas y jerárquicas, guiadas por temores nacionalistas en materia de seguridad. Nuestro estilo de vida predominantemente urbano, inmerso en el suministro y la demanda de infraestructuras de dependencia, puede llegar a convertirse en breve en una tremenda desventaja, a medida que la vieja mitología demuestre ser demasiado lenta para adaptarse a las necesidades cambiantes. Durante un tiempo, la situación puede hacerse inestable mientras el mundo atraviesa un “cuello de botella” de agotamiento de recursos (petróleo, alimentos y agua), colapso y reordenamiento financiero, impactos ambientales perturbadores, y cólera social. Nuestra actual civilización global está siendo testigo de lo que sucede cuando acaecen las leyes naturales de complejidad progresiva, crecimiento, y desbordamiento. El resultado puede ser un cambio necesario desde estructuras jerárquicas verticales hacia redes horizontales, colaterales.

A medida que nos movemos hacía un periodo en el que encaramos una economía global energéticamente constreñida necesitaremos basarnos más en recursos locales – lo que sugiere un modelo económico de relocalización y distribución. Al igual que una reestructuración económica, también necesitaremos rediseñar nuestros sistemas de transporte y redes energéticas, así como nuestras estructuras de producción y distribución de alimentos. Estamos afrontando una década en la que tendremos literalmente que reorientar la propia forma de pensar y hacer negocios. Si vamos a experimentar una “crisis” suficiente como para catalizar un cambio real y duradero, éste es el choque de mitologías – de narrativas en las que vivimos – que necesitamos. Las nuevas mitologías rara vez surgen sin problemas – el cambio de guardia implica, por norma, conflicto.

Mientras hacemos preparativos para el cambio, los desajustes de los años por venir incurrirán inevitablemente en perturbaciones estructurales repentinas, ya que no es posible seguir asumiendo que podemos evitar un cierto grado de puntos de inflexión significativos. Todos los habitantes del planeta nos enfrentamos a la necesidad de reevaluar nuestra comprensión de cómo coordinar las preocupaciones e interdependencias sociales, económicas y ambientales. El cambio hacia un nuevo modelo es, fundamentalmente, cuestión de cómo (no de si) nuestra civilización humana diversificada reclama su derecho a tomar medidas para implementar un futuro que beneficie a la mayoría de una manera sostenible y equitativa. Nuestra actual infraestructura de servicios altamente centralizada tendrá que dar paso a un modelo horizontal descentralizado de redes distribuidas.

En este proceso de remodelación, merced a nuestros conexiones de cooperación, llegamos a conectarnos de una manera más global, al tiempo que desarrollamos lazos más profundos con nuestras propias comunidades. A medida que la información y las comunicaciones llegan a ser incluso más democráticas, accesibles y ampliamente compartidas, es imperativo que nos movamos hacia una era de diálogo planetario abierto. Mientras atravesamos esta década aparecerán signos incontrovertibles de este nuevo modelo que mezcla maneras más circunscritas de vivir con una mayor conciencia planetaria y consciencia de la unidad. Veremos colaboraciones creativas crecientes entre individuos y comunidades; compartiremos nuestras nuevas ideas con mucha gente con la que posiblemente nunca nos encontremos; auspiciaremos los productos y servicios locales; compartiremos, reusaremos, e intercambiaremos en lugar de consumir y tirar; y mientras lo hacemos estaremos desarrollando nuestras relaciones colectivas. Lo único cierto es el cambio.

El manifiesto ya ha estado a la vista, por así decirlo, durante mucho tiempo, solo intereses creados (en aras de la avaricia y el poder) han mantenido al lobo al otro lado de nuestras puertas. Al menos, hasta ahora. Mientras algunos puede que dispongan de medios para “acomodarse” al plan capeando – o “cabalgando” – las turbulencias que se avecinan, el resto no nos podemos dar ese lujo. No deberíamos, porque es un lujo confitado que nos ciega a una oportunidad única de cambio real y duradero. Estos cambios son no solo estructurales sino, lo que es más importante, de comportamiento. Mientras experimentamos los años venideros de austeridad e incertidumbres financieras también aprenderemos a estar más conectados y comunicativos, y a apreciar nuestra relación con la naturaleza. Haciéndolo, empezaremos a colaborar en la creación de un futuro más sostenible, equitativo y significativo para todos. Este será el alumbramiento de una nueva narrativa para la próxima etapa de la civilización humana.

Kingsley L. Dennis

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