¿Ha llegado el momento de un nuevo contrato humano?

«Ningún signo iluminará a aquellos cuyos ojos permanecen cerrados. Pero para aquellos cuya mirada es clara, la oscuridad misma se convierte en una señal. Porque ¿acaso no saben que la noche se vuelve más oscura cuando el alba se aproxima?  

Madre

 

En un ensayo previo[1] señalaba que por primera vez en nuestra historia humana conocida, la civilización en la mayoría de sus formas se ha detenido. Hemos sido parados en una postura media –un estado de movimiento detenido– y nos han situado en un espacio al que estamos totalmente desacostumbrados. Sugería que este momento  también es un tiempo oportuno para «detener el flujo de pensamientos»: es decir,  abandonar nuestros hábitos regulares de pensamiento cotidiano, a fin de entrar en un periodo de reflexión. Cuando el mundo externo entra en un fase de aumento de  incertidumbre y perturbación, resulta aún más importante crear nuestros propios refugios personales, o santuarios, de reflexión tranquila.

Actualmente estamos empezando a salir trepando de la cuarentena de nuestras capas protectoras  y a ver el mundo de una manera diferente. A lo que ahora hacemos frente es a la pregunta de cómo aceptar, o permitir, que se desenvuelva nuestro futuro colectivo. La «consciencia del covid», que ha infectado globalmente a toda la especie humana, puede tener el efecto de despertarnos a un estado de ánimo estimulado que desencadene nuevas percepciones o bien forzarnos a aceptar una nueva realidad consensuada (la «nueva normalidad») para el futuro previsible. ¿Salimos de nuestros capullos con una consciencia de mariposa o mantenemos una mente de gusano?

Actualmente no hemos salido del todo de nuestro «confinamiento protegido»: todavía no por completo. Y siento que esto es algo bueno ya que muchos de nosotros todavía disponemos de tiempo para reconsiderar dónde estamos, qué estamos haciendo, y dónde queremos ir. Esta no es una historia sobre virus o parásitos infecciosos mortales, es un relato de vida sentiente contagiosa. Lo que yo advierto es que la vida humana se ha detenido de manera radical –se han apretado los frenos– como si la  hubiesen colocado bajo el microscopio de nuestra propia visión. Se nos ha forzado a examinarnos y vernos como nunca antes lo habíamos hecho. Hemos entrado en el  experimento más grande de la humanidad y somos los casos examinados. Antes de poder dar más pasos hacia lo que llegará a ser la era más significativa para el futuro de la humanidad –una fase de rápida aceleración evolutiva– tenemos que hacer una «parada» y examinarnos a nosotros mismos.

De manera similar, podemos considerar que se trata de un acto de «fuerza mayor»[2] por el cual la humanidad se libera de sus compromisos previos con una forma de vida con la cual había establecido un contrato. Si estamos liberados de nuestro  contrato previo, mientras los políticos del mundo hablan de una «segunda oleada», quizá deberíamos considerar que esto brinda a nuestra transición centrada en lo humano una «segunda oleada» para iniciar una nueva trayectoria, un nuevo plazo para un futuro humano planetario. El pasado contrato en el que la humanidad estaba implicada ha llegado a representar sistemas disfuncionales, ideales y creencias dañinos, y un camino ruinoso hacia un futuro destructivo. Si alguna vez hubo un momento para romper ese contrato y ponerse de acuerdo acerca de una nueva manera de colaboración y mantenimiento recíprocos, esta fuerza mayor nos ofrece una oportunidad única. Este término legal también hace referencia a un «evento descrito como acto de Dios». Algo que nos golpea «de la nada» puede anular un contrato vinculante existente. ¿No es una oportunidad ideal para que la humanidad se libere de las cadenas que la vinculan a un contrato plagado de consumismo, corrupción generalizada de nuestros sistemas sociales, fraude endémico, explotación rampante y mentiras ubicuas? ¿No es el momento de negociar un nuevo contrato social? Pero primero, tenemos que empezar por un lugar más cercano a nuestro hogar.

Mientras la mayoría de las personas esperen que todos los problemas se resuelvan fuera de sí mismas, nuestras sociedades seguirán siendo dominadas por estas fuerzas turbulentas. La cuestión de la liberación de esas fuerzas depende de que la gente esté dispuesta a asumir la responsabilidad de su propio poder personal: el poder de percibir qué hay que hacer y cómo se deberían hacer las cosas. Las facultades de percepción personal han de despertarse más. En lugar de precipitarse de cabeza hacia el mundo exterior con pasión y energía para llevar a cabo un gran cambio, quizá antes deberíamos dirigir esta energía apasionada hacia la percepción de nuestros propios estados internos y la necesidad de una claridad de visión. Solo entonces tendremos una intención alineada para manifestar el cambio que deseamos ver en el mundo.

No podemos volver a donde hemos estado: la «nueva normalidad» es una falacia, un sofisticado truco de marketing para aquietar la mente con la trampa de la familiaridad. La gran cantidad de cambios que están ocurriendo actualmente en el mundo hace que algunas personas se sientan aturdidas. En otras genera una sensación de náusea. Lo que ha sucedido no es solo un cambio repentino en el ritmo de nuestras vidas, es una abrupta parada de las pautas habituales de pensamiento, emoción y acción. Nos han pillado por sorpresa; un especie que dormitaba cuando llegó el tsunami. Ahora estamos  jadeando sin aliento.

Las fuerzas apremiantes que nos rodean se están apresurando a rehacer el viejo orden con arreglo a renglones revisados. Es el mismo contrato antiguo pero puesto al día sin nuestro conocimiento y vinculándonos al mismo indefinidamente, sin clausula «de salida». Puede que la próxima vez no se acepte la «fuerza mayor» y nos encontremos con que el «acto de Dios» se ha borrado de la letra pequeña. El contrato que ahora se está escribiendo en nuestro nombre parece estar destinado a la siguiente fase del futuro previsible de una humanidad gestionada tecnológicamente. Y si ahora no puedes verlo llegar, pronto lo harás cuando te haya rodeado por completo. El movimiento en el cual estamos ahora –nuestro torbellino actual– es irreversible. Por tanto, nos corresponde a nosotros participar en su rumbo hacia delante.

El torbellino irreversible es también una corriente peligrosa que nos puede arrastrar. Además de los eventos físicos, ese flujo turbulento también es emocional, psicológico y energético y atrae fácilmente a la persona de manera que el observador queda atapado en la acción. Vemos que ese impulso irreversible se propaga a través de muchas partes del mundo y gentes de todas clases y procedencias se ven atrapadas en sus aguas revueltas, por corrientes impredecibles, especialmente azarosas para nadadores inexpertos. Su naturaleza cada vez más peligrosa reside en que, a menudo, ocurren cerca de la orilla donde la gente se considera más segura, y cree que siempre se puede escapar fácilmente; pero con frecuencia no es así. Hay una gran oleada de energía reprimida y colérica que entra en erupción a lo largo de nuestras costas cercanas, y es una energía infecciosa. Parte de esa energía puede ser necesaria en estos momentos, al igual que la quema de terrenos en el campo puede ayudar a plantar las nuevas semillas. Aquí el asunto es que también hay que desconectarse de tales energías erráticas porque engancharse a ellas es probable que sirva a un programa organizado ya existente. Estad alerta, esas energías emocionales apasionadas son las que con más probabilidad sean canalizadas para alimentar el camino hacia una creciente consolidación del estatus quo: solo que de una manera más dominante. Cuando nos identificamos con un evento lo avivamos; cuando lo hacemos con una energía circundante, atraemos más cantidad de la misma hacia nuestra esfera. A fin de considerar la creación de un nuevo contrato humano ente nosotros y el mundo, en primer lugar tenemos que cambiar, individual y colectivamente, hacia un espacio diferente.

Un camino o un paradigma nuevo no se puede desarrollar ocupando el mismo espacio que el viejo. Es como vestir las ropas de tus padres para ir a tu boda. Una manera nueva de hacer las cosas requiere la prestación de una energía original, que antes necesita el abandono de la energía antigua, establecida, y ahora disfuncional. Si no aprovechamos esta oportunidad que se no ha dado, existe la posibilidad amenazante de que las viejas fuerzas retengan su enganche al «contrato antiguo» y solo modifiquen este documento obsoleto con cláusulas ulteriores de control centralizado, gestión social, y un nuevo ordenamiento tecnológico de la sociedad humana. El nuevo ser humano está actualmente en el estado de humano deviniendo.

 

La gran tarea perenne de la humanidad ha sido siempre la misma: llegar a ser lo que siempre hemos sido, y mostrar a los demás el camino mediante nuestra presencia y comportamiento individuales. Cuando finalmente seamos capaces de sanarnos a nosotros mismos desde dentro, y solo entonces, podremos sanar a otros y al mundo exterior. El poder para cambiar comienza y termina en nosotros, los individuos: no de la mano de una élite minoritaria. La cuestión de un nuevo contrato humano es resistir las fuerzas de deshumanización. Si durante el espacio de esta «consciencia del covid» no despertamos a nuestro potencial, seremos vulnerables a las fuerzas invasoras de control deshumanizador socio-tecnológico. La verdadera cuestión de nuestro tiempo es cómo retener nuestra humanidad frente a una serie variada de trastornos energéticos y emocionales. Y si nos sobreponemos a la avalancha de fuerzas de este torbellino, un océano magnífico nos espera para una futura navegación.

Es el momento de realizar nuestra propia elección. Se nos pide que consideremos, cuidadosamente, hacia qué tipo de futuro queremos movernos, tanto individual como colectivamente. Y lo que es más importante, cómo hacer que ese futuro reciba con los brazos abiertos al ser humano completo.

 

[1] ¿Temer o no temer? – https://kingsleydennis.com/temer-o-no-temer/

[2] Es un término legal. Definición de «fuerza mayor»: es un hecho que no se puede evitar y tampoco se puede prever y que tiene gran importancia en derecho a la hora de establecer  la responsabilidad  por los daños. La existencia de una fuerza mayor, tal como una guerra, una huelga, una revuelta, un crimen, una epidemia o un evento descrito en la legalidad inglesa como acto de Dios, normalmente libera a una o ambas partes de un contrato de sus obligaciones contractuales.