¿Es tiempo de resonancia o de disonancia?

Previamente he sugerido que estamos experimentando un ejercicio global colectivo de «alto» que podríamos considerar que es como si se hubiese apretado un «botón de reinicialización»[1] por todo el planeta y en nuestras diversas sociedades humanas. Es un reconocimiento de que todos estamos juntos en esta experiencia (¿experimento?) global. Hemos destapado las diversas cajas de Pandora y todas las modalidades de información están fuera y circulando. Ahora, «ahí fuera» en el gran dominio público hay demasiado; y mucho de ello, más de lo que nos damos cuenta, no solo procede de los eventos exteriores sino de nuestras propias proyecciones internas. Se diría que actualmente los espacios exteriores se están convirtiendo en nuestro espacio psicológico colectivo. Lo que nos consume desde dentro también puede hacerlo desde fuera. Como he expresado en mi reciente libro,[2] la humanidad es vulnerable no solo a los virus biológicos que dañan por dentro el cuerpo sino además a los virus mentales que pueden causar daños en todas las células comunicativas de nuestras culturas. Tener en cuenta la necesidad de retroceder y examinar esos memes y comunicaciones en red externos es igual de importante que investigar los genes y la información celular internos.

Lo que está sucediendo justo ahora por todo el mundo es avasallador ¿no os parece? Esta fase en la que hemos entrado es ineludible: tenemos que pasar por ella. Y esta es también la cuestión que quiero plantear. Hemos entrado en una experiencia que tenemos que atravesar, pero sin quedarnos bloqueados en ella.

Durante las pasadas semanas he visto tanto vídeos y leído tantos artículos que con todo ellos podría confeccionar un inmenso mosaico; pero ¿es posible hallar algún sentido? Es como lidiar con fractales, piezas de un complejo diseño que se repiten. En estos momentos nada es evidente: sí, lo sé, ¿hubo alguna vez algo que lo fuese? Cuando existe tanta información contradictoria, los así llamados «hechos», y además más y más teorías dando vueltas, la mente humana no es capaz de hallar una imagen cohesiva. Un posible resultado de ello es lo que se denomina disonancia cognitiva. Una definición del estado de disonancia cognitiva es: «una situación que implica actitudes, creencias o conductas conflictivas. Esto produce una sensación de malestar mental que conduce a una alteración de una de las actitudes, creencias o conductas para reducir el malestar y restaurar el equilibrio».[3]

Siento que, toda esta incertidumbre, información conflictiva y consejos, «lo que se debe hacer» y «lo que no se debe hacer», están creando un estado mental de malestar y, en consecuencia, la mente quiere desesperadamente reducirlo y restaurar el equilibrio buscando –o siendo provista de– una imagen coherente o conclusión. Aquí el peligro es que esta «conclusión» o «imagen coherente» puede ser suministrada por una fuente, institución u organismo externo (una estructura de «autoridad» ortodoxa) y mucha gente puede lanzarse a ella como una manera de conseguir cerrar el asunto y sentirse cómoda. Cuando, en realidad, tenemos que encontrar esta coherencia y esta conclusión dentro de nosotros mismos, mediante nuestros propios recursos.

Como he dicho en numerosas ocasiones,[4] la «imagen de realidad» externa ha dejado de ser consensuada, y hay distorsiones e intentos de mermar una percepción clara. El psicólogo Carl Jung proponía que el inconsciente colectivo también es una esfera responsable de psicosis colectivas. Lo es cuando la gente empieza a acceder colectivamente a este espacio arquetípico y a sintonizarse con una resonancia subyacente, o sensación innombrable, de inquietud y nerviosismo que posiblemente produzca una manifestación externa de histeria y/o psicosis. Puede que lo que ahora estamos viendo sea una mezcla de noticias, información, desinformación, exageración, histeria y una  combinación global de narrativas que está culminando en una disonancia cognitiva colectiva. Quizá lo que necesitamos en este momento es dar un paso atrás y descansar: apretar el botón de pausa.

Ahora, quizá más que nunca, es necesario estar en modo respuesta en lugar de en modo reactivo. Al fin y al cabo, las reacciones más inmediatas, como los reflejos condicionados, son aquellas que habitualmente proceden del condicionamiento. No podemos controlarlas tan fácilmente como lo haríamos con músculos entrenados. Hay tantos desencadenantes en circulación, especialmente en los medios sociales de comunicación, que podríamos convertirnos en una humanidad global que reacciona de un modo «reflejo» reactivo desasosegado en lugar de responder desde la potencia de un músculo entrenado supervisado por una percepción consciente.

Como hemos sugerido, hemos entrado juntos en un periodo de experiencia/experimento global en el cual somos compelidos a actuar desde el lugar donde nos encontramos. La cuestión es, ¿estamos actuando desde un lugar de valor, equilibrio, buena voluntad, nobleza y educación o desde uno de egoísmo, seguridad, conmoción e instinto de supervivencia? Como familia humana se nos ha dado una tarea que resolver. No es tiempo de echarnos a perder en camarillas y divisiones cual tácticas de patio de escuela. Ya no estamos en nuestra infancia. Dirigimos nuestra especie colectiva hacia un futuro sin precedentes. Si en esta etapa inicial somos incapaces de encontrar nuestra coherencia, ¿qué clase de señal es esta para el gran futuro de la humanidad?

Como especie estamos unificados en esencia; y como culturas diferentes estamos bajo la influencia de muchas y contradictorias narrativas, opiniones, estructuras de creencia, y todo lo demás. Cuanto más nos movemos hacia afuera más nos sumergimos en esas variadas narrativas y perspectivas que, a menudo, entran en conflicto; mientras que cuando nos movemos hacia adentro, a través de la esencia encontramos nuestra comunidad y coherencia. Se diría que actualmente se está produciendo una separación entre la gente. Hay quienes se ven arrastrados hacia la incursión de las narrativas externas, con todas sus incertidumbres; y otros que se retiran hacia adentro buscando un lugar de unidad, un espacio de tranquilidad. Actualmente, podemos elegir hasta donde queremos alejarnos de nosotros mismos. Y cómo contestemos esta pregunta determinará lo cerca o lo lejos que estemos de los otros; nosotros somos quienes escogemos esta distancia. Puede que este tiempo no sea para apresurarse hacia algo o incluso para alejarse de algo, sino más bien para permitir que las cosas se reconfiguren. Y esto nos incluye.

Parte del problema puede ser que cada cual esté corriendo por delante de sí mismo para encontrar una solución. Da igual que se trate de una solución física (tal como una cuarentena social y/o la propuesta de una vacuna); o que sea una solución personal tal como buscar una narrativa particular que facilite la zona de confort  de una respuesta específica o una razón para las cosas. Mientras que aún no hayamos encontrado nuestro equilibrio, esta carrera hacia delante podría estar creando brechas en lugar de completarnos. El momento en el que nos encontramos es agotador: drena nuestra energía. Todo lo que sabemos se está ajustando; las cosas se están reconfigurando a nuestro alrededor. Y aun así, a todo esto se añade que permitimos que otros ofrezcan diversas soluciones que puede que solo fomenten la confusión reinante. Es posible que la solución no venga de controlar las respuestas. El resultado de todo ello podría estar causando más disonancia que equilibrio.

La necesidad de encontrar una razón global para todo lo que está pasando –y con ello hallar una explicación concluyente– también causa una perturbación en todos los demás eventos, narrativas y descripciones que caen fuera de la narrativa global que hayamos elegido. Puede que la disonancia cognitiva no se alivie aferrándose a una «explicación/solución» determinada sino que más bien se exacerbe debido al rechazo y la resistencia frente a las demás explicaciones y narrativas. Al aceptar «una solución», en última instancia terminamos por rechazar y resistirnos a todas las demás. Y si nuestros amigos y nuestra familia están entre quienes prefieren las otras narrativas, podemos acabar por oponernos también a ellos. El estado de disonancia personal y ansiedad no depende tanto de lo que hay «ahí fuera», sino más bien de aquello a lo que cada persona se aferra dentro de sí. Cuanto más se aleje una persona de sí misma, más se desplazará hacia el desequilibrio y la desarmonía. Es decir, si uno no está justo donde está ahora, entonces estará «en otro lugar» que no forma parte de él. El cambio real sucede no cuando, quien o donde, sino momento a momento dentro de cada persona. No es ni un destino ni un ideal. No se trata de intentar ser santo sino más bien de llegar a completarse. Es una cuestión de resonancia más que de disonancia: resonancia dentro y entre nosotros, y no disonancia dentro y entre los otros.

La vida va a cambiar para la mayoría de la gente, de diversas maneras, durante las semanas, meses y probablemente años venideros. Si ahora empezamos este viaje desde un lugar de inestabilidad y disonancia, comenzamos este camino con pocas provisiones y con un mal par de zapatos para caminar. ¿Hasta dónde podremos llegar? Como cualquier caminante o peregrino respetable te diría: la preparación lo es todo. ¿Estamos preparados? ¿Personalmente? ¿Como una comunidad? ¿Como una humanidad?

Habrá muchos más momentos de elección que llegarán por el camino. Es bueno ponerse a practicar ahora, desde el principio. Hasta ahora, la disonancia solo lleva a  unas pocas personas. La resonancia, en equilibrio y coherencia, lleva a muchas más personas mucho más lejos. Si yo fuese a tomar una decisión justo ahora, elegiría desde un estado de resonancia dentro de mí mismo.

[1] Véase el ensayo «Temer o no temer» https://kingsleydennis.com/temer-o-no-temer/

[2] Healing the Wounded Mind: Mass Psychosis in the World & the Search for the Self

[3] Extraído de www.simplypsychology.org

[4] Véase mi colección de ensayos y videos sobre el tema del «Colapso del consenso de realidad».