En estos momentos resulta evidente, incluso para un observador casual, que nuestro mundo está alcanzando un estado crítico. Gran parte de lo que vemos en las noticias de cada día nos advierte de cambios dramáticos en la Tierra, como resultado de las perturbaciones climáticas: terremotos, inundaciones, huracanes, erupciones volcánicas, etc. También somos testigos de una oleada de protestas populares como consecuencia de décadas de sistemas sociales corruptos o ineficientes. Y al mismo tiempo, en medio de esta oleada de agitación y desorden están sucediendo otros cambios, como la transición desde el modelo de globalización industrial de los dos últimos siglos hacia una visión del mundo más cosmológica y ecológica.  Quizás podríamos decir que en estos momentos existe una lucha entre el modelo actual, caracterizado por las desigualdades de sistemas globales disfuncionales, y esa parte de la humanidad que se da cuenta de que es necesario que surja y se instaure un nuevo modelo. Por lo tanto, las revoluciones de la que somos testigos en la actualidad no son solo de tipo físico: desobediencia civil, disturbios, inestabilidad. También están sucediendo revoluciones en nuestras percepciones y en nuestra visión del mundo, una revolución en nuestra psique colectiva.

La razón por la que necesitamos un cambio mundial es que el viejo modelo intenta agarrarse al poder, lo que se traduce en guerras por los recursos, perdida de las libertades civiles, y una lucha permanente por el control y la gestión.  Al mismo tiempo hay muchos pronósticos que tratan de predecir los resultados del caos geopolítico actual basándose en lo que sucedió en el pasado; existe una falta de capacidad para discernir  lo incierto, lo impredecible, lo inesperado. La mentalidad occidental está preocupada, incluso obsesionada, con una visión lineal de la historia y del progreso. Pero el concepto de un desarrollo lineal de las civilizaciones humanas es erróneo y falaz. Muchas enseñanzas antiguas, tanto seculares como espirituales, y muchas culturas indígenas, desde hace mucho tiempo han conocido y enseñado el concepto de los procesos cíclicos que se repiten durante largos periodos del tiempo histórico. Estas expansiones en ciclos sociales también coinciden, o coexisten, con cambios en las percepciones y visiones del mundo. En otras palabras, las grandes revoluciones sociales se acompañan de grandes cambios en la consciencia humana. La razón por la cual un cambio mundial positivo es tan oportuno es por que estas décadas están maduras para que una nueva consciencia se introduzca en nuestros sistemas sociales e impulse el cambio, justo en el momento en el que dichos sistemas sociales están en su época de mayor debilidad.

La espiral de la historia cultural abarca una compleja interrelación de varios ciclos y sistemas; sistemas sociales, sistemas energéticos, y revoluciones en la comunicación – todos ellos co-dependientes e integrales. En el siglo 21 se ha alcanzado una serie creciente de umbrales críticos – ecológicos, biológicos, sociales, y tecnológicos – que avanzan hacia los límites globales, sociales y medioambientales actuales. Sin embargo, en esos umbrales es posible forjar nuevos acuerdos. La “mente moderna” que se ha ejercido en el mundo presente y que en gran medida se ha desarrollado a través de la trayectoria de la historia occidental y la industrialización, cuando está llegando finalmente a la era tecnológica, exhibe una extraordinaria cortedad de miras. Es un marco mental restringido que o bien no parece comprender suficientemente los pasados patrones de cambio histórico, o no quiere hacerlo. Parece como si sintiera una enorme culpabilidad (¿el mito de la Caída?); exhibe una gran ceguera (¿el mito del progreso?); y poca memoria histórica (¿la ignorancia como felicidad?). No resulta extraño entonces que una gran mayoría de la gente que vive en estos tiempos, especialmente en las naciones desarrolladas, esté sorprendida, perpleja, y en cierto modo aturdida al verse reflejada en un crisol de incertidumbre.

Es responsabilidad nuestra reconocer que estamos viviendo una extraordinaria época de cambio, en la cual lo que hagamos durante los próximos veinte años, desde ahora hasta el año 2030, creará el modelo para el futuro. Y lo que suceda entre ahora y el 2050 será un periodo crucial para establecer esos patrones de cambio y disponerlos para que nos sirvan a largo plazo.

Nuestros sistemas globales actuales, más complejos y generalizados que nunca, forman una red intrincada y enmarañada de interconexiones, dependencias, y dudosas alianzas. Estamos, literalmente, batallando con las viejas energías de la negra untuosidad, el cieno  sulfúrico, y los peligrosos y ennegrecidos pozos de carbón en los que los humanos cavan como esclavos. Aún necesitamos reconocer, y rápidamente, que en un mundo finito no existe lo infinito. A pesar de algunas pretensiones optimistas de la industria de la energía, el planeta Tierra es un recurso limitado. El mundo hacia el que nos movemos requiere nuevos mitos, conforme a los cuales no sigamos constreñidos por los poderes de la codicia corporativa, la tiranía política, y la supresión de la visión humana creativa. Ciertamente nos ayudaría el que fuésemos capaces de desprendernos de la cultura de cultivar lo inútil. Como si aburridos de nuestras experiencias, creásemos toda una gama de toscos artilugios para divertirnos e infantilizar nuestro tiempo. Vivimos momentos  difíciles, trotando hacia el borde del precipicio como una manada de borregos encandilados y estimulados por fármacos. En lugar de eso, deberíamos estar usando nuestras energías físicas y psíquicas para transitar por este periodo de cambio y prepararnos para la reorganización de las circunstancias vitales. En lugar de esperar que se mantenga el resquebrajado, decrépito y actualmente disfuncional estatus quo,  deberíamos estar pensando en crear un camino alternativo. Las culturas industriales de la Modernidad, que están intentando configurarse como cultura global, son artilugios artificiales – artefactos protésicos – que devalúan nuestra constitución original y creativa. Puede que estemos en peligro de remplazar la capacidad creativa de la mente humana por muletas tecnológicas, a menos que, por así decirlo, nos veamos impelidos a volver a nuestro “sano juicio”.

Aún así, cuando afrontamos la incertidumbre podemos sentir la tentación de evitar indagar en lo nuevo y, en lugar de ello, buscar donde nos sentimos más seguros – todavía dentro de las anticuadas zonas/sistemas de confort. Lo que sigue es un cuento clásico que ilustra esta tendencia humana:

Una noche, unos campesinos encontraron a Nasrudin gateando bajo la luz de un farol.

‘¿Qué estás buscando?’ le preguntaron.

‘He perdido la llave de mi casa’ les respondió.

Entonces, todos se agacharon para ayudarle pero, tras un rato de búsqueda infructuosa, a uno de ellos se le ocurrió preguntarle dónde había perdido la llave

‘En casa’ contestó Nasrudín.

‘Y entonces ¿por qué está buscando bajo la luz del farol’ le preguntaron.

‘Porque aquí hay más luz’, replicó Nasrudín.

En los años y décadas venideros habrá obstáculos y, al mismo tiempo, deberíamos sentirnos tranquilos por que indudablemente hay un futuro esperándonos. El nivel y la calidad del cambio que encaramos dependerán en gran medida de la magnitud del cambio que experimente la conciencia humana; y hasta el punto en el que, de manera colectiva, con nuestra miríada de formas diversas, ayudemos a que surja y se manifieste  un cambio mundial positivo.

Kingsley L. Dennis

Descargar pdf – Por que necesitamos un cambio mundial positivo