«Pero para quienes nos hemos liberado del mito de la máquina, el siguiente paso es nuestro: las puertas de la prisión tecnocrática se abrirán automáticamente, a pesar de sus oxidadas y antiguas bisagras, en cuanto decidamos salir».

Lewis Mumford

 

La llegada de una sociedad mecanizada ha sido durante mucho tiempo un espectro temido. Desde filósofos (Jacques Ellul) a historiadores (Lewis Mumford), pasando por psicólogos humanistas (Erich Fromm), el espectro y el espectáculo de la megamáquina se cernían ominosos sobre el horizonte. Se temía que la libertad individual dentro de la sociedad de masas escapara al control del individuo; existía el temor a perder el individualismo y la privacidad frente a un entorno maquínico sin rostro. La primera oleada de la llamada tecnología progresiva se presentó con una profusión de técnica, gestión y consumo. La propia sociedad corría el peligro –todavía lo corre– de convertirse en la Máquina; una gran arquitectura global basada en el avance de las tecnologías y gobernada por una élite tecnocrática.

Tales temores y ansiedades persisten en gran medida merced a pronunciamientos como los del historiador israelí Yuval Noah Harari. El temor a un futuro automatizado trae consigo la superfluidad de la vida y el sentido humanos. Recientemente, Harari anunció que el futuro inmediato alberga pocas esperanzas para una nueva subclase de personas «irrelevantes» e «inútiles». En siglos anteriores, dice Harari, la gente se rebelaba contra la explotación, la opresión, la tiranía, etcétera; ahora, teme convertirse en irrelevante; afirma que: «Si no tenemos cuidado, acabaremos con seres humanos degradados que utilizarán ordenadores mejorados para causar estragos en sí mismos y en el mundo[i]».  Enormes cantidades de individuos se encontrarán viviendo en una sociedad que ya no los necesita, o al menos ese es el pronóstico. Sin embargo, este relato no es inamovible. Es una predicción fundamentada en las tendencias actuales de un mundo cada vez más materialista, consumista y capitalista; un mundo basado en el pasado y el presente, pero no en el futuro. Y, en opinión de este autor, es una proyección temporal redundante, que no se basa en la esperanza de muchos, sino en la codicia de unos pocos. Con nuestras tecnologías actuales y emergentes, es posible aportar una esperanza revitalizada a los ciudadanos de este planeta.

La esperanza es un aspecto vital de cualquier cambio social. Se ha dicho que el culto al progreso basado en las tendencias actuales es una alienación de la esperanza. La verdadera esperanza de cambio es un estado del ser, una disposición interior. De lo que hablo aquí es de la humanización de la esperanza; es un grito de guerra contra las fuerzas invasoras de deshumanización que hablan en voz alta de transhumanismo y de futuros sintéticos de silicio. Ciertos grupos y agencias hablan de una cuarta revolución industrial y aun así sus visiones se basan en máquinas, fusiones, economía y eficiencia. No presentan un futuro centrado en el ser humano, sino uno en el que un nuevo futuro industrial y automatizado tiene en cuenta al ser humano, pero solo como un elemento periférico de la carrera principal del gran cambio tecnológico. Este descentramiento del ser humano del núcleo de la vida es un gran error y un extravío. El futuro será humano o no será. Lo que se necesita para llevar a la humanidad más lejos en el siglo XXI es una tecnología humanizada. De lo contrario, puede producirse un gran desequilibrio entre las relaciones humanas y el mundo en el que nos encontramos.

Lo contrario de una tecnología humanizada es una deshumanizada; es decir, una tecnoarquitectura y un ecosistema de códigos no visibles, algoritmos e intelecto maquínico que toma decisiones de las que dependen la libertad y la calidad de vida del individuo. Esta dependencia invisible y casi ingobernable es alienante, inquietante y apática respecto a la condición humana. Cualquier futura civilización humana tecnologizada necesita redefinir el orden y los organizadores potenciales de la tecnología para convertirlos en facilitadores, asistentes y en una arquitectura de gestión secundaria (en lugar de como el principal sistema de gestión). En otras palabras, la arquitectura tecnológica debe estar totalmente descentralizada y asistir a los humanos desde un segundo plano, previa solicitud; y dentro de la industria para facilitar las condiciones de trabajo humanas. La tecnología nunca debe sustituir a la vida humana, sino facilitar sus necesidades y potencialidades. Además, una tecnología humanizada es aquella que apoya y ayuda a la naturaleza igualitaria de la sociedad humana, en lugar de instigar y mantener estratificaciones sociales jerárquicas y elitistas. Una tecnología humanizada solo puede unificar y nunca dividir o segregar. La eficiencia de la tecnología humanizada nunca se produce a expensas del individuo o de su calidad de vida, sino que es un amplificador de los mismos en apoyo del bienestar humano. En la sociedad tecnológica actual, eficacia y economía se han convertido en palabras obscenas. Cuando pensamos en estos conceptos nos vienen a la mente la fría y seca mecanización y los principios de la gestión científica. Hasta ahora, la tecnología no se ha adaptado suficientemente a las necesidades de la cambiante condición humana en este planeta. Necesitamos una nueva relación con nuestros dispositivos, nuestras redes y nuestros asistentes digitales, antes de que acabemos viéndonos obligados a adaptarnos a este entorno maquínico en lugar de que este se adapte a uno humano.

A cualquier especie suficientemente avanzada que visitase este planeta se le podría perdonar que pensara que se está llevando a cabo un proyecto de terraformación para adaptar el planeta Tierra a una especie de inteligencia maquínica o I.A. El entorno electromagnético altamente denso, los mástiles y antenas, las cámaras y sistemas de vigilancia, los satélites de control, etcétera, etcétera. En 1987, el poeta inglés Heathcote Williams publicó su poema épico «Autogeddon» sobre el impacto del automóvil. En él escribió:

 

Si un alienígena revoloteara a unos cientos de metros sobre el planeta…

se le podría perdonar por pensar

que los coches eran la forma de vida dominante,

y que los seres humanos eran una especie de célula de combustible ambulatoria:

inyectada cuando el coche deseaba moverse,

y expulsada cuando se agotaba.[ii]

 

Lo mismo puede decirse del mundo actual si sustituimos «automóvil» por «infraestructura tecnológica». Solo ha cambiado el objeto de contención; sin embargo, el sujeto sigue siendo el mismo. Para que la humanidad deje de ser «una especie de célula de combustible ambulatoria» dentro de la megamáquina, es necesario recalibrar lo que la tecnología significa para la vida humana.

La organización de la vida humana tiene que ver con la calidad más que con la cantidad. Esto debe programarse en el «intelecto» de nuestras tecnologías. La atracción que ejerce la comodidad automatizada no se relaciona necesariamente con nuestra calidad de vida. Además, la comodidad no habla de contacto y comunión. En los próximos años redefiniremos lo que significa ser un ser humano. También nos preguntaremos qué es el contrato social, y tendremos que enfrentarnos al nuevo elefante digital en la habitación. Nuestro contrato social habrá de ampliarse para incluir a nuestros asistentes tecnológicos e incluso quizás a los nuevos habitantes de la Inteligencia Artificial. Lo más probable es que en los próximos años de readaptación civilizatoria haya que redefinir lo que significa ser humano y el contrato social humano.

 

Relaciones renovadas con la tecnología

A medida que la humanidad cruza el umbral de la tercera década del tercer milenio, se está gestando una nueva orientación. La obsesión infantil por nuestros nuevos juguetes y artilugios tendrá que dejarse de lado, o abandonarse, a medida que nos adentramos en una fase adolescente. Para que las promesas que la tecnología encierra para la raza humana puedan fructificar en lugar de permanecer en la fase infantil de centralización, control, censura, conquista y ansias compulsivas, se precisará una renegociación. Una tecnología humanizada desempeña un papel de apoyo más que de dominio y no pretende colocar a la civilización humana dentro de una jaula de poder instrumental. Una tecnología humanizada actúa como custodio de las necesidades adaptativas del ser humano; no diseña medios para empujar y dirigir sutil y astutamente al individuo hacia los resultados esperados a través de una arquitectura digital sesgada. Tampoco trata de sacar provecho de la intimidad, los datos o cualquier otra información personal del individuo, como ha quedado bien documentado en el mundo del capitalismo de la vigilancia.[iii]

En los próximos años, la humanidad buscará sin duda una forma de trascendencia para ir más allá de ciertos rituales y prácticas sociales que se están volviendo superfluas debido a la acogida favorable de formas específicas de automatización. El alivio de determinadas formas de trabajo manual, así como de otros tipos de trabajo monótono, puede sacar a la persona media de un círculo vicioso de dependencia y permitir nuevas libertades y exploraciones creativas. Las nuevas vías de gestión económica pueden establecer funciones diferentes para los trabajadores y liberarlos de las penosas tareas del pasado. Los niños pueden aprender a programar y codificar para convertirse en los arquitectos del futuro: una nueva generación de programadores que tengan la ética como código moral principal que luego se codifique en el intelecto de las máquinas. Sin embargo, todo esto presupone un alejamiento de la corporativización vertical y de la censura gubernamental sobre la tecnología, sus patentes, su exploración y su utilización. Y esto presupone un cambio en la propia consciencia humana. La tecnología es un espejo de la condición humana; nos refleja a nosotros mismos: nuestras preocupaciones, sueños, deseos y visiones. Si no se trascienden determinados sistemas actuales de creencias y formas de pensar, existe el peligro de que las tecnologías lleguen a ser el fiel reflejo de la infancia del pensamiento humano. Si queremos que nuestras tecnologías nos ayuden en la transición hacia un futuro transformado, tendremos que elevar nuestra capacidad de imaginar y desear de verdad los valores de la compasión, la colaboración, la conexión y la consciencia. Si la humanidad se alinea más con un futuro centrado en el ser humano e impulsado por valores, nuestras tecnologías lo reflejarán. No hay una sin la otra. La humanidad está en simbiosis con sus creaciones y debe ser la primera en dar el ejemplo moral, ético y consciente. El resto vendrá por añadidura.

Podemos tener un mundo de información, diagnósticos, análisis, contactos y mucho más al alcance de la mano. Podemos ser más homo sapiens (sabios) además de homo ludens (lúdicos). La sabiduría y la alegría pueden convertirse en parte integrante de nuestro compromiso tecnológico si conseguimos el equilibrio adecuado. Nuestras exploraciones, asistidas digitalmente, de las profundidades del espacio y del mar; nuestras investigaciones sobre el clima y el medio ambiente; nuestras maravillas de ingeniería y nuestros esplendores arquitectónicos pueden conducirnos hacia nuevas perspectivas. El ser humano, con la ayuda de la tecnología, puede imaginar y construir un mundo que actualmente está más allá de nuestra imaginación. Es posible. Pero solo si se toma el camino correcto en esta coyuntura de nuestra historia humana. Nos encontramos en un momento crítico e importante para el futuro de la especie humana: estamos entrando en una fusión con otra forma de intelecto. Y en esto, tenemos que asegurarnos de que la forma, la manera y el estilo de la inteligencia en todo el planeta siga siendo principalmente de base orgánica. El planeta Tierra está en coherencia con la vida orgánica, y sería antinatural degradar la inteligencia orgánica en favor de una forma artificial de intelecto. Por eso este ensayo habla de la esperanza de un futuro tecnológico humanizado. La principal preocupación ha de ser el bienestar de la vida orgánica en el planeta, así como el del propio planeta. Las inversiones económicas presentes y futuras, junto con los esfuerzos humanos, el tiempo y la atención deben dirigirse a desarrollar y establecer un entorno tecnológico que ayude a liberar a la humanidad de los quehaceres y tareas de las dependencias anteriores. Esta liberación puede desencadenar una nueva explosión de industrias creativas, exploraciones imaginativas y actividades innovadoras que hasta ahora no habían sido posibles en sociedades económicamente dependientes. Esto podría conducir a una renovación cultural adecuada para sentar las bases de una civilización humana descentralizada y planetaria en el siglo XXI. Una civilización humana libre de los grilletes de sistemas de creencias obsoletos, de estructuras de poder y control, y de la codicia jerárquica.

No obstante, esta liberación también requiere la libertad de la mente, el cuerpo y la consciencia. No tenemos que convertirnos en cyborgs o transhumanos. Tampoco tenemos necesariamente que implantarnos dispositivos dentro del cuerpo. Son modas y conveniencias consumistas que nos han hecho creer que mejorarán nuestras vidas. Sin embargo, podemos ir más allá de este pensamiento ritualista e inmaduro hacia una nueva era de comprensión tecnológica, colaboración y cercanía. Podemos trascendernos a nosotros mismos a través del mundo interior del ser humano, al tiempo que orientamos nuestro mundo exterior mediante una asociación tecnológica. Una asociación compensada, en armonía y equilibrio, y no supervisada por un pequeño grupo tecnocrático de élite. Un futuro tecnológico humanizado debe ser igualitario y ofrecer amplias oportunidades para todos, independientemente de su clase o identidad social. En resumen, el único futuro tecnológico certificable es el que unifica en lugar de dividir; promueve el desarrollo y no la alienación; y motiva a los individuos hacia la grandeza y no la apatía. Hay esperanza en un futuro de tecnología humanizada, pero para poder sentar las bases con los valores, la ética y la visión equitativa adecuados los cambios de consciencia deben producirse ahora. Estas son algunas de las transformaciones que pueden promoverse y compartirse en el mundo actual para que puedan iluminar el mundo del mañana.

 

Notas finales

[i] Harari, Yuval Noah (2018) 21 Lessons for 21st Century. London: Jonathan Cape.

[ii] Este poema se publicó por primera vez en Whole Earth Review, Fall 1987: 26-29.  Disponible online: http://cfu.freehostia.com/Members/colin/autogeddon/

[iii] Véase Surveillance Capitalism de Shoshana Zuboff

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