Hay un viejo cuento popular que relata la historia de un sabio loco que llega a las puertas del castillo real solicitando entrar. De inmediato el guardián le dice que hay un decreto real por el que quienquiera que cuente una mentira será ahorcado. Entonces, al preguntarle por su destino, el sabio loco responde, “Voy a ser ahorcado.” “¡No te creo!” exclamó el guardián, “estás mintiendo.” “De acuerdo, entonces. Si he dicho una mentira, ¡ahórcame!” “Pero si te ahorco” replicó el guardián “entonces tu habrías dicho la verdad y ¡yo no debería haberte ahorcado!” “Exacto,” replicó el sabio loco, “esa es tu definición de la verdad.”

En nuestro mundo subjetivo, la naturaleza de la “verdad” radica más en el reino de lo retórico que en cualquier sentido objetivo del mundo. La escritora Doris Lessing, laureada con el Nobel, hace una parodia de esto en su novela Los Agentes Sentimentales del Imperio Volyen, en la que uno de los protagonistas principales cae víctima de la terrible enfermedad de la “Retórica.” En un intento de curarlo, otro amigo le presenta lo que de puertas para afuera está tácticamente disfrazado como “Instituto para la Investigación Histórica”, cuando en realidad fue construido como el “Hospital para las Enfermedades Retóricas.” La retórica, es entonces, para Lessing, una enfermedad que puede afectar a la gente casi sin que se dé cuenta – es el mal-estar (1) del lenguaje mal-aplicado a una agenda explícita. Me pregunto si muchos de nosotros no estaremos padeciendo esa enfermedad de la retórica. ¿No es, después de todo, la “lengua de doble filo” la que crea la mayor parte de nuestra polaridad?

Los acontecimientos globales que se están desarrollando están creando energías polarizadas – miedo, estrés, tensión, etc. – que también generan trastornos en nuestras vidas cotidianas. Parece como si estuviéramos siendo distraídos por un plan elaborado. Más aún, la presencia de miedo, ansiedad, y angustia, a medida que se infiltran en el tejido de nuestras sociedades, pueden debilitar la resiliencia mental y emocional de la gente. Entonces, poco a poco, al empezar a ver tantos aspectos negativos del mundo, es fácil que perdamos nuestro enfoque, a menudo sin darnos cuenta. El acecho de la negatividad puede ser imperceptible al principio. Quizás simplemente tengamos un sentimiento  de inquietud, seguido de una apatía que nos invade. Los sombríos mechones de la negatividad se deslizan en nuestro interior para perturbar, interrumpir y distraer nuestro pensamiento, enfoque, y energía. También puede surgir el enfado, así como los sentimientos de decepción y pérdida. Pueden invadirnos emociones de culpa e injusticia, reforzando su equivalente – el desempoderamiento. La energía negativa actúa por lo tanto para perturbar el pensamiento armónico y evolutivo.

Una de las respuestas inmediatas a esto es la frustración – un sentimiento de estar incapacitado en un mundo en el que todo parece estar desmoronándose. Es como si estuviésemos balanceándonos hacia delante y hacia atrás sobre una especie de péndulo gigantesco. Esto es parte de la experiencia humana de existir dentro de una realidad física de dualidad. La vida puede compararse a un juego de polaridad – un péndulo que oscila entre opuestos.

Las polaridades nos embaucan con la ilusión de tomar partido, tal como escoger cuál es el lado “ganador” y cuál el “perdedor.” Y al tomar partido emocional lo pagamos: sentirse emocionalmente vencedor, o vencido, es un estado energético de dualidad. Si dividimos el mundo en personas buenas o malas, ricas o pobres, inteligentes o estúpidas, importantes o insignificantes, estamos distrayéndonos y despilfarrando una considerable cantidad de energía. Se trata de categorías sociales basadas en criterios manufacturados artificialmente – no son verdades fundamentales. Distrayéndonos con lo “bueno” y lo “malo” del mundo nos dañamos con la ilusión de dualidad y nos vemos forzados a juzgar. El acto de juzgar es también otra distracción externa que aleja la atención de la fuente real que está dentro de la persona. Lo mismo hacen las energías fuertemente polarizadas del miedo, el estrés, el enfado, etc., perturban nuestro equilibro interno, y nos distraen de nosotros mismos. Las polaridades nos fuerzan a ver los sucesos y los retos como bendiciones o maldiciones – rara vez los vemos como simples acontecimientos que experimentar. Así que deberíamos abstenernos de entrar con demasiada facilidad en el juego de la polaridad. Es un columpio emocional que balancea a la persona desde un encuentro hasta el siguiente. Hakim Sanai, un poeta persa del siglo XI, escribió:

‘Bueno’ y ‘malo’ no tienen sentido en el mundo de la Palabra: son nombres, acuñados en el mundo del ‘yo’ y el ‘tu’.

Recordemos que estamos viviendo en el siglo XXI A.D. –  “Distractor de Atención” (2). Puede que no seamos capaces de evitar completamente los efectos de la polaridad, no obstante podemos cambiar hacia una posición más armónica. La vida física garantiza que el péndulo continuará oscilando, solo que con consciencia y restricción podemos evitar dejarnos llevar por él.

Necesitamos decirnos a nosotros mismos que los sentimientos negativos únicamente nos controlan si otorgamos nuestro poder a la energía negativa. La negatividad por sí misma no tiene capacidad de control; de modo que busca aprovechar situaciones o circunstancias vulnerables. La negatividad no se sostiene por sí misma, así que tiene que ser alimentada. Requiere que le otorguemos nuestra energía, nuestro enfoque, miedo, e importancia. Su presencia es una distorsión. Imaginemos que entramos en una habitación oscura, sin luz; la oscuridad nos rodea y nos sentimos agobiados. Pero basta con que encendamos una minúscula cerilla para producir en la habitación un resplandor luminoso que dispersa la oscuridad. Esta analogía también es apropiada para describir cómo funciona la negatividad. Sentimos que es abrumadora, cuando de hecho esta es su debilidad. La verdad es que no importa cuál sea nuestro estado de amargura, enfado, frustración, incluso depresión: basta con la mínima presencia de un foco positivo (la cerilla encendida) para que podamos superarlo.

Nuestra responsabilidad entonces es empoderarnos contra la distracción. Deberíamos ser embajadores del cambio que queremos ver. Para no devaluarnos es importante que normalicemos los nuevos ideales. Si nos dejamos absorber por la conspiración, la paranoia, o el comportamiento agresivo, hacemos un flaco servicio a nuestros ideales y damos excusas a nuestros detractores para que los usen en nuestra contra. En nuestra vida cotidiana somos los “vendedores ambulantes”  de los ideales y el cambio que queremos ver en el mundo. Después de todo no le compraríamos nada a un vendedor frenético y frustrado… ¿no es cierto? De modo que para demoler  con tranquilidad los modelos actuales necesitamos convertirnos en lo mejor que podamos ser, y normalizar el futuro que se avecina. Ya no estamos polemizando con teorías alternativas. Representamos los “Nuevos Normales” no los “Nueva Era”.

Ya no estamos interesados en los juegos mentales de este mundo. Los aspectos negativos del mundo saben que se aferran a su último suspiro, esa es la razón por la que están forcejeando con furia. Podemos tomarnos esto no como un signo de su victoria si no de su desesperación. Su tiempo ya ha llegado – ahora es solo cuestión de permitir que la transición se implante.

(1)  En el original ‘dis-ease’: mal-estar o enfermedad.

(2)  Juego de palabras intraducible. A.D. (Anno Domini) significa ‘después de Cristo’ (d.C.). En este caso se hace equivaler a las siglas de ‘Distractor de Atención’ (Attention Distracter)

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