La pregunta a la que nos enfrentamos es colectiva y nos concierne a todos. ¿Por qué tantos de nosotros, de nuestros congéneres humanos, nos comportamos tan mal? Y no solo mal, sino de una manera perjudicial para nuestro bienestar. Se diría que es algo más que extraño, rayano en lo demencial, que cualquier criatura desee deliberadamente dañar su propio medio ambiente y sus sistemas de apoyo. Pero los humanos tenemos el factor añadido significativo de ser conscientes de nuestras acciones, y de nosotros mismos en nuestro entendimiento reflexivo. Así que, una vez más, planteamos: ¿qué se ha metido en nuestras mentes?

Parece ser que en el pasado muchos pensadores, filósofos, sabios y místicos se han hecho esta pregunta una y otra vez, repetidamente. Es una pregunta que durante mucho tiempo ha inquietado a un gran número de personas. Y aun así, solo puedo conjeturar que hoy día el asunto es motivo de gran preocupación porque por primera vez en nuestra historia humana nos estamos comportando como una especie global. Con nuestras tecnologías de comunicación compartimos nuestras ideas, narraciones, opiniones, y todo lo demás, a lo largo y ancho del planeta. Podemos conocer casi al instante algunas noticias de un remoto rincón del mundo. Siendo así, en estos momentos de nuestra historia humana, una presencia negativa en nuestra mentalidad colectiva sería desastrosa.

Sugiero que un contagio mental ha entrado en la mentalidad humana global; es decir, dentro de nuestra consciencia colectiva. En resumen, comentaré esto a la luz del trabajo del psicólogo C.G. Jung.

El inconsciente colectivo de Jung

Jung fue quizá el primer psicólogo en darse cuenta plenamente de que lo que vemos representándose en el escenario global es en gran medida una proyección, o un síntoma, de la psique inconsciente de la humanidad. Jung acuñó el término «inconsciente colectivo» en su ensayo de 1916 «La estructura del inconsciente» y siguió articulando aún más sus ideas en publicaciones ulteriores. En su ensayo «La importancia de la constitución y la herencia en psicología» (Noviembre de 1929) escribió que esas «imágenes primordiales» –o «arquetipos» como terminó por llamarlas– pertenecen a una psique inconsciente colectiva y no se adquieren individualmente. Dijo que el «estrato psíquico», al que él llamaba inconsciente colectivo, está profundamente influido por «presunciones heredadas». En este ensayo Jung escribió que

«el inconsciente colectivo incluye en sí mismo la vida psíquica de nuestros ancestros que se remonta directamente hasta los orígenes más antiguos. Es la matriz de todos los acontecimientos psíquicos conscientes, y por tanto ejerce una influencia que compromete la libertad de consciencia al más alto grado, puesto que está continuamente esforzándose por conducir todos los procesos conscientes de vuelta a los antiguos senderos».1

De manera importante, Jung consideraba que este inconsciente colectivo no se desarrollaba individualmente, sino que se heredaba. Es decir, heredamos una «vida psíquica» que está llena de «incidentes» que se remontan a los comienzos más tempranos. ¿Qué pasaría si un trauma o una corrupción, una mente herida (tal como me refiero a ella), ya hubiese invadido este estrato psíquico y ahora se manifestase como una perturbación en el campo del inconsciente colectivo de la humanidad? Bien podría ser que estuviésemos lidiando con un psico-patógeno –es decir, un virus mental– que infecta nuestras mentes individuales desde el dominio colectivo subyacente.

Esto no pertenece al reino de la fantasía sino que es una posibilidad muy real. Si adoptamos la moderna analogía de la computación, sería similar a cómo entra un virus en nuestros ordenadores e instala un software malicioso o cambia el código. Tal patógeno mental actuaría de la misma manera instalando en nuestras mentes su propio programa malicioso. Durante la mayor parte del tiempo somos inconscientes de ello, porque actúa junto a nuestra propia mente «normal» hasta que llega un momento en el cual se apodera de ella casi por completo.  Con el tiempo nuestra propia configuración mental –nuestro estado psicológico– adoptaría al «invasor» exterior y lo asimilaría en su propio funcionamiento a modo de normalización. En otras palabras, al final llegaríamos a considerarla como nuestra mente.

Actualmente la ciencia moderna confirma que el universo «físico» no es materialmente real de la manera que pensamos, o que previamente se nos dijo. Es una dimensión de energía que se funde, o se coagula, en disposiciones densas que experimentamos como materia.  Nuestro continuo espacio-tiempo no está vacío sino que consiste en una energía altamente densa que forma un campo no-local. Los filósofos de la ciencia moderna también hipotetizan que ese campo no-local es consciente.[i] En nuestro universo físico todo es una proyección, o manifestación secundaria, de este campo no-local subyacente. De manera similar, la consciencia humana existe como un fenómeno no-local, que opera tanto dentro del complejo mente-cuerpo como fuera de él. Esta perspectiva nos ayuda a entender cómo un virus mental podría infectar y afectar la vida humana con independencia de su localización y proximidad física. La energía psíquica funciona dentro del campo no-local,y como especie estamos conectados con lo que podríamos denominar una «mente de especie» que se manifiesta a lo largo y ancho del planeta como una membrana mental. La realidad en la que vivimos está impregnada con nuestras proyecciones mentales. Como enseñaba Jung, nuestros pensamientos inconscientes forman parte del mundo al igual que nuestro pensamiento consciente.

Puesto que la psicosis funciona como un fenómeno de campo, subyace a la totalidad del campo colectivo de consciencia no-local. Aquí el peligro es que cada persona puede infectarse potencialmente por la «mente herida» simplemente no siendo consciente de sus pensamientos. Antes de que nos demos cuenta, estamos teniendo pensamientos maliciosos o enojados de tipo psicótico que a continuación podrían manifestarse en una conducta real. ¿Quién en uno u otro momento no ha tenido un pensamiento vil o desagradable? La pregunta es: ¿este pensamiento se originó dentro de nosotros o entró desde fuera? Puesto que el patógeno mental es un fenómeno no-local, en tal caso es posible que todos estemos infectados por él en mayor o menor grado. O bien podría ser más exacto decir que esa mente nos tiene a nosotros. Y lo peor de ello es que la mayoría de la gente será portadora inconsciente e involuntaria de este agente patógeno. Como dijo Jung,

«Las guerras, dinastías, convulsiones sociales, conquistas y religiones no son sino síntomas superficiales de una actitud psíquica secreta incluso desconocida para el propio individuo, y no transmitida por ningún historiador…y el futuro global, toda la historia del mundo, termina por aparecer como un sumatorio gigantesco de estas fuentes ocultas en los individuos».2

Mas adelante en su vida, Jung fue incluso más directo y comunicativo acerca de los peligros que acechan dentro de la psique humana. Él declaró que «De hecho, cada vez se hace más obvio que no es la hambruna, ni los terremotos, ni el cáncer sino el hombre mismo quien es el mayor peligro para el hombre, por la sencilla razón de que no existe una protección adecuada contra las epidemias psíquicas, que son infinitamente más devastadoras que la peor de las catástrofes naturales.3 Jung fue claro al decir que las epidemias psíquicas eran una realidad y manifestó que la humanidad corre un gran peligro precisamente debido a que la psique humana también lo corre. De manera similar, el físico y pensador David Bohm, que también era consciente de esta infección mental, en la última etapa de su vida consideraba cómo podríamos combatir este problema:

«Es similar a un virus: de alguna manera es una enfermedad del pensamiento, del conocimiento, de la información, que se extiende por todo el mundo. Cuantos más ordenadores, radios y televisiones tenemos más rápidamente se propaga. De manera que el tipo de pensamiento que sigue adelante por todas partes a nuestro alrededor empieza a adueñarse de cada uno de nosotros, sin que ni siquiera nos demos cuenta. Se expande como un virus y cada uno de nosotros lo alimenta… La única manera de detenerlo es reconocerlo, admitirlo, ver lo que es. Si cualquiera de nosotros empieza a examinarlo, entonces estaremos mirando a la fuente del problema.4

La única alternativa verdadera a la «mente herida» reside en primer lugar en reconocer y aceptar su presencia. Este patógeno mental, se le llame mente herida o virus-psicótico, está dando la espalda y negando realmente al espíritu humano. Para sobreponerse a su influencia, tenemos que mirar hacia adentro para encontrar fuerza y apoyo.

El sanador herido

Adaptarnos a un sistema corrupto vigente sería un gesto erróneo ya que al final acabaríamos por corrompernos nosotros mismos. Pero cuando la demencia de la mente herida se haya convertido en la «norma» probablemente ya no nos daríamos cuenta de ello. Esto nos recuerda la popular cita de Krishnamurti: «Estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma no es un indicador de salud».

Podemos reconocer la presencia de la mente herida cuando entra en nuestro pensamiento buscando reforzar el componente racional «lógico» e intenta sobre-intelectualizarlo todo. Esta «psique falsa» que se implanta en nosotros trae consigo su propia lógica enrevesada. Este pensamiento confuso y disparatado es una inversión de los valores verdaderos. Es responsable del desarrollo de lo que yo llamo los patrones de pensamiento de la «mente vieja», a saber, los valores de la conquista, la competición, la censura y el control.  El terror que puede llegar a producir no necesita proceder de las armas o las bombas (aunque estas sean una forma desafortunada).  Mediante la manipulación y su maliciosa influencia busca la coerción, la conformidad, y en último término el control. Tal control puede venir de maestros de escuela no conscientes, figuras de autoridad intimidatorias, así como financieros codiciosos; todos los cuales nos colocan bajo su influencia, nos fuerzan a la pasividad o nos castran mediante la deuda. Y tales matones pueden vestir los trajes más elegantes o más caros y llegar con una sonrisa en sus rostros. Cada uno de nosotros puede ser ambas cosas: el receptor de una mente herida así como el sanador potencial de sí mismo y de los demás.

El arquetipo del «sanador herido», acuñado por Jung, hace referencia a esas personas (generalmente psicólogos, terapeutas, etcétera) que se sienten obligadas a tratar a otros debido a que han sido «heridos» o experimentado ellos mismos algún tipo de trauma. Una experiencia personal traumática puede servir de proceso catalizador que más adelante ayude a facilitar la sanación de otros. Puesto que como especie compartimos una psique colectiva (inconsciente colectivo de Jung), también participamos de la herida colectiva de la humanidad.

Actualmente nuestras verdaderas luchas no son solo con las distracciones con las que nos presionan los principales medios de comunicación: farsa política, rivalidades nacionales, ideologías, opiniones y temores triviales, sino más bien entre la libertad interior del espíritu humano y las limitaciones de nuestras sociedades y culturas mentalmente corruptas. Tenemos que hacernos la pregunta que Don Juan planteaba a su estudiante Carlos Castaneda: «Entonces hazte a ti mismo, y solo a ti mismo, una pregunta…¿Ese camino tiene corazón? Si lo tiene, el camino es bueno y si no lo tiene, no vale para nada». Las cosas más importantes del mundo no se encuentran en ningún lugar externo a nosotros. Cualquier sociedad o cultura que no reconoce y apoya al humano como ser espiritual al final terminará por carecer de un futuro viable a largo plazo.

 

En este breve ensayo he presentado una hipótesis a la que llamo Mente Herida. La fuente de este trauma todavía es poco clara y está abierta al debate. Puede ser una psicosis colectiva de civilización, un impulso/presencia de involución, o una combinación de ambas. O, de lo contrario, puede ser alguna otra cosa pero con aspectos similares. Pero cualquiera que sea la causa fundamental, sigue estando muy claro que una presencia traumática merodea dentro de la psique colectiva de la humanidad, y tiene que reconocerse por lo que es y expulsarse. Quizá los traumas que vemos que se infligen hoy día al mundo formen parte de esa expulsión: una especie de exorcismo público. En tal caso, todos podemos actuar como nuestros propios «sanadores heridos» a fin de evolucionar hacia nuestro destino como una especie humana noble sobre este planeta.

 

Extraído del libro Healing the Wounded Mind: The Psychosis of the Modern World and the Search for the Self.

 

Kingsley L. Dennis es el autor de Healing the Wounded Mind: The Psychosis of the Modern World and the Search for the Self y Los tiempos del bardo: hiperrealidad, alta velocidad, simulación, automatización, mutación: ¿un fraude? disponibles online. Se le puede visitar en https://www.kingsleydennis.com/

 

Notas

1Jung, C.G. 1960. Collected Works vol. 8. New Jersey: Princeton University Press,p 112

 2Citado en Sabini, Meredith (ed), ed. 2008. C.G. JUNG on Nature, Technology & Modern Life. Berkeley, CA: North Atlantic Books, p188

3Citado en Sabini, Meredith (ed), ed. 2008. C.G. JUNG on Nature, Technology & Modern Life. Berkeley, CA: North Atlantic Books, p165

4Citado en Levy, Paul. 2013. Dispelling Wetiko: Breaking the Curse of Evil. Berkeley,

CA: North Atlantic Books, p202

[i]Véase What is Reality? de Ervin Laszlo (Select Books, 2016)