¿Es tiempo de regresar a nosotros mismos?

«Y los Ancianos dicen:

Mira afuera seriamente

mira adentro atentamente

mira afuera cuidosamente

mira adentro diligentemente

mira afuera respetuosamente

mira adentro humildemente»

Jack Forbes

 

Como seres humanos buscamos lo bello, y eso nos brinda alegría. Pero nuestras vidas lo han complicado todo; nos hacemos enrevesados: la vida se recrea a nuestro alrededor como un juego. Puede que para algunas personas esto no suene cómodo, o ni siquiera correcto. Si es un juego, ¿entonces por qué hay tanta tristeza y dolor? Esta es la pregunta perenne. Pero como en un juego tenemos opciones, y hacemos nuestras jugadas. Y hay jugadores y juegos que continúan por todas partes a nuestro alrededor. Y se diría que el juego está amañado. Una persona que lo sabía bien era Alan Watts, quien a menudo hablaba sobre cómo la vida no debería vivirse como un viaje rápido y que se debería reconocer que la existencia en el universo es básicamente lúdica. La vida se parece más a la música, solía decir Watts; y la tocamos, no la «trabajamos». Y en música, el punto esencial de la composición no es el final de la partitura; de otro modo, todos los directores dirigirían a toda velocidad; o algunos compositores solo elegirían escribir los finales.   No vamos a los conciertos solo para oír tocar los acordes finales. No nos ponemos a bailar para acabar la danza (¡a menos que nos la hayan jugado para que bailemos!). Y aun así, como Alan Watts observó con tanta agudeza, nuestros sistemas sociales nos condicionan para evaluar nuestras vidas. Nuestras escuelas nos fuerzan a perseguir calificaciones y cumplir con nuestros deberes y luego a pagar nuestras cuentas. Y seguimos creyendo, esperando, deseando que en la vida llegue lo «grandioso» mientras nos apuramos a lo largo de nuestras vidas sin apenas darnos cuenta de lo que vamos dejando atrás en nuestros espejos retrovisores. Acabamos viviendo para jubilarnos. Y cuando lo hacemos, imaginamos que «por fin hemos llegado». ¿Pero a dónde? ¿Nos sentimos diferentes? Tenemos un cofrecillo con ahorros y casi nada de energía. Y luego nos dicen que esperemos. ¿Hasta qué? ¿hasta dónde? ¿hasta que baje el telón? Quizá solo cuando sea demasiado tarde nos demos cuenta que hemos sido engañados a lo largo de todo el trayecto. Y aun así lo hemos seguido. Nos mantuvimos corriendo velozmente para seguir el ritmo y aferrarnos a lo que nos dijeron que era exitoso. Pero ¿alguna vez fue «nuestro» éxito? ¿Nos olvidamos por completo del sentido?

Ser humano consiste en intentar crear sentido para nosotros mismos, y disfrutarlo tanto como sea posible a lo largo del camino. La vida que tenemos es donde hayamos llegado por nosotros mismos, los pasos que damos y las elecciones que tomamos. No deberíamos dejar que «otra mente» elija por nosotros. Y sobre todo, no deberíamos permitir que nos pongan en el papel de víctimas. Puede que estemos bajo el dominio de otras fuerzas, pero solo en tanto las ignoramos. Nuestro poder proviene de reconocer e identificar aquellas otras fuerzas que buscan influir y controlar nuestros pensamientos y nuestras acciones. Tenemos que hacer que nuestras vidas sean inmejorables optimizando nuestra perspectiva y comprensión. La ignorancia puede parecer un requerimiento social pero el conocimiento, la comprensión, la creatividad, y la sabiduría son los auténticos imperativos. Pese a que a veces pueda parecer lo contrario, la raza humana tiene una capacidad increíble para hacer el bien.

La mayoría de la gente en el mundo es buena gente: desea la paz y no dañar a los demás. Hay muchas personas compasivas, solícitas y valientes por el mundo. Desafortunadamente,  nuestros regímenes son dirigidos por minorías que, en gran medida, son corruptas; y dentro de esos sistemas la gente decente se corrompe por asociación o exposición. El asunto principal es que la mayoría de nosotros no cuidamos de nuestras mentes; no pensamos que sea necesario. No somos conscientes de los impactos maliciosos que se infiltran e influyen en nosotros casi a diario. Esta inconsciencia –o esa ignorancia– deja a la gente abierta y vulnerable. Mucha gente se ha alienado de sus propias mentes. Es aquí donde las manipulaciones, como la mentalidad de rebaño y el comportamiento de masas, entran de hurtadillas. Solo una gran masa de personas con «mentes alienadas» puede llegar a tan influenciable por la propaganda política, la publicidad consumista y la gestión social. La psicosis de masas solo es posible a través de una mentalidad colectiva que se haya alienado de una fuente transcendental. En este estado, somos prisioneros de los impulsos que encauzan nuestro inconsciente: somos susceptibles a las neurosis y los padecimientos psíquicos. Podemos creer que tenemos libertad pero no es así. Las fuerzas de servidumbre son sutiles y con frecuencia insidiosas. Es necesario que la civilización humana vuelva al reconocimiento fundamental de la persona como un ser humano.

Ser humano consiste en ser sencillo. O más bien, radica en reconocer las cosas esenciales. Pero no es algo sencillo de hacer. Necesitamos regresar a nosotros mismos de muy diversas maneras. Para empezar, debemos aprender a no tomarnos las cosas personalmente. Hay tantas maneras por la cuales la vida intenta embarcarnos en los conflictos externos, trata de sacarnos fuera de nosotros mismos. Cuando, por ejemplo, nos critican o nos insultan tendemos a arremeter. Estamos condicionados a atacar para defendernos. ¿Acaso «atacar es la mejor línea de defensa» no es un aforismo popular? A veces se formula como: la mejor defensa es un buena ofensiva. Pero mucho antes de que estas frases pegadizas circulasen a través de nuestros sistemas existía una obviedad aún mejor: vuelve la otra mejilla. Las represalias alimentan la psicosis dentro del individuo y de la colectividad. Si nos deshacemos de nuestra energía emocional y psíquica, también entregamos nuestra libertad. Nuestro ego debe refrenarse, pero no abolirse. Es a través de la forma del ego como podemos encontrar la esfera del ser esencial. El ego existe como un poste indicador de que el ser esencial interno también está ahí. Como dice el monje budista Thich Nhat Hanh: «Si existe el amor, también hay otras cosas que existen. Hay ignorancia, hay violencia, hay anhelo». Estas «otras cosas» externas –la violencia y el sufrimiento– se pueden manipular y exacerbar, y se hace. Pero el ser esencial interno permanece como una forma pura, sin diluir e incorrupta. Deberíamos permitirle que nos hablase y se manifestase en nuestras vidas. Esta es la cuestión humana.

La moralidad y el sentido solo tienen significado cuando proceden de una fuente genuina.  De otro modo son una forma «proyectada», creada a partir de los hábitos sociales y los prejuicios culturales. Somos la piedra de toque fundamental de nuestro sentido de la realidad. Necesitamos disponer de unas lentes limpias y una visión clara. Y deberíamos empezar por lo básico: las cosas humanas sencillas. Hay una historia que nos habla de una buscadora espiritual que después de cierto tiempo se encontró con un maestro de quien quería aprender. La buscadora preguntó al maestro si la aceptaría como pupila:

―¿Por qué buscas un camino espiritual? ―preguntó el maestro.  

 Porque quiero ser una persona generosa y virtuosa; deseo ser equilibrada, consciente y  empática, y estar al servicio de la humanidad. Ese es mi objetivo ―dijo la buscadora. 

 ―Bueno ―contestó el maestro―, esos no son objetivos en el camino espiritual; son los elementos básicos del ser humano necesarios, antes incluso de empezar a  aprender.

 

Lo que la gente puede considerar que es «espiritual», a menudo no es otra cosa que la nutrición humana necesaria: un requerimiento cotidiano para vivir. Pero al igual que nuestra otra nutrición, comer, debe integrarse correctamente en nuestras vidas sin grandes aspavientos. Y, por supuesto, sin olvidar el dicho que reza: «Si insistes en comprar alimentos deficientes, debes estar preparado para que no te gusten cuando se sirvan».

A menudo se diría que nos pasamos nuestros días intentando aprehender la vida, tratando de comprenderla, de maneras inadecuadas. Es como intentar capturar el océano con un cubo. El océano está majestuoso ante nosotros, y aun así nuestras sociedades modernas nos enseñan a correr ansiosamente a través de nuestras vidas como si llevásemos cubos vacíos en las manos. La plenitud personal no solo tiene que ver con los logros; también es una cuestión de lo que podemos dar a través de cada una de nuestras imperfecciones individuales.

He aquí una historia que ayuda a ilustrarlo:

Un hombre tenía dos grandes vasijas, cada una colgaba de uno de los extremos de un palo que acarreaba sobre el cuello. Una de las vasijas tenía una grieta, y en tanto que la otra era perfecta y siempre proporcionaba una gran cantidad de agua al final del largo recorrido desde el arroyo hasta su casa, la agrietada llegaba medio vacía.

Durante dos años enteros esto ocurrió a diario, con el hombre acarreando hasta su casa solo una vasija y media de agua. Naturalmente, la vasija perfecta estaba orgullosa de sus logros, se sentía aceptada y apreciada. Pero la pobre vasija agrietada estaba avergonzada de su imperfección, y se sentía miserable al solo poder lograr la mitad de aquello para lo que había sido hecha. Después de dos años de lo que ella percibía como un amargo fracaso, un día junto al arrollo dijo al hombre.

―Me siento avergonzada de mi misma, y quiero pedirte perdón.

―¿Por qué? ―preguntó el hombre―. ¿De qué te avergüenzas?

―Durante estos dos años solo he podido suministrar la mitad de mi carga porque esta grieta en mi costado hace que el agua gotee durante todo el camino de vuelta a tu casa. Debido a mis fallos, tú tienes que hacer todo este trabajo, y no obtienes el máximo beneficio de tus esfuerzos ―dijo la vasija.

El hombre sintió pena de la vieja vasija agrietada, y compadecido, dijo:

―Cuando volvamos hacia mi casa, quiero que mires las hermosas flores a lo largo del camino. Eso hará que te sientas mejor.

En efecto, cuando iban subiendo la colina, la vieja vasija agrietada se dio cuenta del sol que calentaba las bellas flores salvajes al lado del camino, y eso le hizo sentirse un poco más contenta. Pero al final, todavía se sentía mal porque había dejado que gotease la mitad de su carga, así que de nuevo la vasija pidió disculpas al hombre por su fracaso.

El hombre dijo a la vasija:

―¿Te diste cuenta de que había flores en tu lado del camino, pero no en el de la otra vasija? Esto es porque yo siempre he conocido tu defecto y me he aprovechado de él. Planté semillas en tu lado del camino, y cada día mientras volvíamos del arroyo, tú las has estado regando. Durante dos años he podido recoger esas hermosas flores y llevarlas a casa para mi mujer. Tú, siendo justo como eres, me has brindado belleza y sentido todos los días.

 

Tal como somos cada uno puede otorgarnos belleza y sentido a diario, pese a la horrible expresión de la psicosis mental en el mundo. Estamos aquí para sanar algo más que a nosotros mismos.