Desde hace un tiempo el poder socio-político ha estado en un proceso de reconfiguración y ahora emerge con rapidez como parte de un complejo institucional médico-político-económico al que me referiré como biopoder. Lo que se requería para esta redefinición en el monopolio del poder era un «desencadenante» que permitiese una alteración radical en las narrativas legales de reivindicación del control sobre las categorizaciones de la vida y la muerte. Con el «panorama pandémico» que se está formando[1] somos testigos de la aparición de un mundo post-soberano en el cual la biopolítica está legitimando una red de regímenes socializantes: desde el biocapitalismo a la bioseguridad. Los actuales confinamientos y las medidas de cuarentena para viajar solo son un anticipo de lo que se avecina una vez que los nuevos regímenes de biopoder lleguen a estar plenamente institucionalizados. Actualmente el biopoder está llamando a nuestras puertas y obteniendo el acceso y la potestad sobre un nuevo dominio integral de soberanía personal.

Los autores de El Gran Reinicio del Foro Económico Mundial (FEM) han declarado que estos «tiempos del COVID» son «nuestro momento de definición» y que «tendremos que lidiar con sus consecuencias durante años, y muchas cosas cambiarán para siempre»[2]. En las páginas de su publicación El Gran Reinicio los autores anuncian sin pudor la llegada de «una perturbación económica de proporciones monumentales que creará un periodo peligroso y volátil en múltiples frentes –políticos, sociales y geopolíticos– que plantea profundas preocupaciones acerca del medio ambiente y también expande el alcance de la tecnología en nuestras vidas». Se nos dice que para muchos de nosotros la vida «se está viniendo abajo a una velocidad alarmante». Pero, podemos preguntarnos: donde se imponga este desmoronamiento ¿qué se construirá para «remplazarlo»? Aquí es donde yo arguyo que en la era del «Gran Reinicio» veremos formas de biopoder recién definidas y empleadas de forma generalizada.

El filósofo y teórico social francés Michel Foucault es bien conocido por generar el debate sobre el biopoder y la biopolítica en sus trabajos de entre mediados y finales de los años 70 del pasado siglo. Inicialmente, enmarcó su argumento en forma de «sociedades disciplinarias» que él definía como un despliegue de «instituciones correctivas» propagadas por todo el campo social: manicomios, fábricas, escuelas, hospitales, universidades, etcétera, cada una de las cuales servía para inculcar y condicionar un modo de conducta y consciencia. Situó estas instituciones en los siglos dieciocho y diecinueve y en los inicios del siglo veinte. Por encima de estas instituciones socializantes, tradicionalmente estaba el soberano que más adelante se convirtió en el Estado, el cual ejercía el poder soberano. Uno de los «privilegios» del antiguo poder soberano era el derecho de decidir sobre la vida y la muerte: el derecho de un gobernante a apoderarse de las cosas, los cuerpos y por último la vida de los gobernados. Era el modelo de poder que estaba codificado en la política clásica y que ha permanecido esencialmente inalterado durante la transición desde el soberano al Estado. El nacimiento temprano del biopoder en la modernidad marcó el punto en el que la vida biológica de los individuos se transformó en el «sujeto político» que correspondía gobernar al Estado. La descripción de Foucault de las sociedades disciplinarias se centraba en el poder ejercido dentro de las instituciones; más recientemente, el poder institucional se filtró desde los espacios de encierro hacia lo que ahora es una administración de poder ubicua, fluida, casi de flotación libre[3] que representa las sociedades de control de la era post-soberanía.  Estamos entrando en un mundo donde el control continuo remodelará la nueva era del biopoder.

Una era postsoberana: biopoder y biopolítica

Una vez que la vida biológica se inscribe dentro del marco del estado moderno, puede incluirse dentro de la gobernanza del poder, la cual entonces se interpreta como biopoder. Y para declarar el biopoder como una forma de gobernanza, el estado debe tratar de transformar a sus ciudadanos en cuerpos dóciles (las «masas»). La agenda globalizadora que se despliega por todo el mundo está incorporando bajo su paraguas varias autoridades estatales. Y, hasta donde puede determinarse, esta perspectiva globalizadora está dirigiendo su biopoder recién descubierto contra el cuerpo individual y el «cuerpo de las masas» como objetivo biopolítico.  La condición humana moderna es tal que el individuo no es el objeto sino más bien el súbdito del biopoder. El estado se está reformando perversamente para representar por sí mismo un nuevo estilo de autoridad impulsada por el biopoder.

 

  1. i) Biopoder

Dentro del contexto de una amenaza biológica, la subsiguiente «pandemia» está estableciendo un constructo socio-político que está reconstituyendo la «normalización» de la sociedad humana. Esta así llamada, y demasiado exagerada, «normalización» de la sociedad está siendo decretada por una serie de «confiscaciones de poder» que han dado autoridad a un biopoder recientemente concebido que reclama jurisdicción sobre el cuerpo individual y colectivo. Este biopoder se ha dado a sí mismo el «derecho» a decidir sobre cómo administrar la vida e incluso la muerte. En pocas palabras, el biopoder se ocupa de ejercitar el control sobre la administración de la vida.

En cuanto al individuo, esta promulgación del biopoder sobre el cuerpo humano brinda al estado la legalidad de poner los cuerpos humanos individuales bajo vigilancia y, si fuese necesario, castigarlos con encarcelamiento, utilizando la jurisdicción de bioseguridad (véase más adelante). Recientemente lo hemos visto en numerosos casos, como en el de una mujer de 28 años de Perth que quebrantó las reglas de cuarentena de Australia occidental y fue sentenciada a seis meses de prisión.[4] La forma de biopoder que se está ejerciendo bajo el «estado de emergencia» se ocupa de una nueva cartografía de la vida social, política y económica. La gestión de la existencia humana está experimentando una redefinición y transición profundas.

Parte de esta redefinición designa una nueva narrativa que actualmente se está utilizando para respaldar las respuestas del estado a la pandemia de la COVID-19.  Para la intervención e intrusión en nuestras vidas privadas, usa un lenguaje de «riesgos para la salud». Esto incluye la jurisdicción (autoridad) para entrar dentro del hogar de una persona sin permiso y desalojar a la fuerza a gente que se considera un riesgo para la salud o insuficientemente «obediente» a las medidas de cuarentena. Lo anterior fue manifestado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) el 30 de marzo del 2020 cuando del Dr. Michael Ryan (director ejecutivo del Programa de emergencias sanitarias de la OMS) formuló una declaración diciendo que las autoridades podrían tener que entrar en los hogares de la gente para desalojar miembros sospechosos de la familia y llevarlos a una «instalación aislada determinada». Ahora estas medidas se han promulgado como ley. Por ejemplo, bajo el estado de emergencia de Nueva Zelanda, los miembros de la policía tiene poder para entrar en las casas y hacer cumplir las reglas de autoaislamiento.[5] En una medida similar, el estado australiano de Victoria ha desplegado 2.000 militares para imponer las así designadas «medidas para controlar el virus».[6] En un giro irónico, aquellos ciudadanos que se oponen a semejantes medidas draconianas se etiquetan peyorativamente como «ciudadanos soberanos» cuando originalmente el término soberanía individual significaba el derecho moral o natural de una persona a su  integridad corporal y a ser quien controla en exclusiva su propio cuerpo y su vida. Aquí vemos un retorcimiento deliberado del lenguaje para apoyar y reforzar actualmente los regímenes de biopoder. Al igual que el moderno sistema económico crea el dinero «de la nada», esto también es aplicable a las nuevas leyes del biopoder que se están poniendo en práctica por todo el mundo. Para crear leyes nuevas no hace falta la legalidad, solo se necesita el poder para hacerlo.

El biopoder hace referencia a un abanico de estrategias respaldadas por el «conocimiento médico especializado» y adoptadas por el estado junto con una red de instituciones, organismos y agentes no estatales. Aquí la tendencia perturbadora es que el estado está dando poder a agentes militares privados así como «funcionarios de servicio» y dándoles poder como oficiales autorizados para hacer cumplir las nuevas directivas de salud pública.[7] A todos esos «oficiales autorizados» se les dan poderes comparables a los de la policía estatal para imponer las directivas del estado, tal como registrar hogares y coches sin una orden judicial, aunque no haya garantía de que se los considerará plenamente responsables. Esto ya ha dado lugar a muchos informes de mantenimiento abusivo y demasiado entusiasta del orden. Confinamientos localizados continuos, métodos de vigilancia de rastreo y seguimiento, vigilancia con drones, perdida del derecho a protestar, y otras medidas de este tipo, se están estableciendo ahora cuando los regímenes de biopoder de la «nueva normalidad» se ejercen dentro de los estados individuales y los territorios nacionales. Estas formas de control y regulación no tienen precedentes y sirven para afectar cada vez más el bienestar psicológico de los ciudadanos soberanos.

El biopoder está surgiendo ahora como una forma insidiosa y peligrosa de dominación global. Es un tipo de poder que busca regular la vida social no solo desde fuera (ponerse la mascarilla, distancia social, etcétera), sino además desde dentro (la consciencia de la población).  El concepto de biopoder busca conseguir el dominio de los aspectos vitales de la existencia humana. Dentro del campo del biopoder, el término «biopolítica» se refiere al sector específico que es responsable de crear las políticas y prácticas específicas de intervención en la vida individual, pública y colectiva.

  1. ii) Biopolítica

A las estrategias biopolíticas previas les concernía la administración y la gestión de la enfermedad y la salud. Ahora se ha creado un campo recientemente reconfigurado de la biopolítica que une lo individual y lo colectivo en una combinación fortalecida de lo tecnológico, lo político, lo legal y lo financiero. La biopolítica moderna está claramente vinculada al «Gran Reinicio» global de reestructuración del poder y los nuevos regímenes que han surgido por los recientes estados de emergencia pandémica.

La vida biológica está ahora en el centro del poder estatal, y eso dictará todas nuestras agendas futuras. Todas las formas de autoridad biopolítica actúan como agentes del estado, sean o no organismos gubernamentales, que se alinean con el totalitarismo médico del siglo veintiuno. El biopoder y la biopolítica, junto con el biocapital y la bioseguridad, se combinan para crear una forma singular y totalitaria de poder. En materia de colectividad humana, esto implica la biopolitización de la raza humana a fin de desarrollar nuevas formas de gestión que tienen como objetivo hacer que las poblaciones vivan de «maneras productivas», así como asegurarse frente a la rebelión aleatoria y/o planeada. Para ser claros respecto a esto, la agenda biopolítica globalizadora es la formación de sociedades de control y hacer de la vida humana «organismos dóciles» que no presten resistencia frente a la intervención del estado. Para enmarcar la vida humana bajo un régimen de poder biopolítico total, las autoridades estatales también deben hacer que la vida consciente se someta a sus reglas; es decir, que lo que «pensamos» forma parte de lo que «somos» físicamente y, como tal, también está bajo su jurisdicción. Literalmente, al nacer, el estado asume automáticamente el poder de dictar el pensamiento humano consciente. Desde esta perspectiva, podemos ver por qué la censura actual –la censura en Internet y el recorte de la libertad de expresión– han sido tan dominantes y duros. Después de todo, el poder total requiere la dominación total. Esto significa no solo el control externo sobre el cuerpo de un individuo sino además la interiorización de ese control, tanto mental (condicionamiento y programación) como biológicamente (tratamiento sanitario, vacunación).

Para dictar sus estrategias la agenda biopolítica también incorpora organismos no estatales, en particular organizaciones filantrópicas, grupos de presión social, ONGs, y un surtido de organizaciones globalizadoras. El campo biopolítico se ha ido extendiendo desde los chequeos anuales de salud, los seguros de salud, y la medicina preventiva para incorporar actualmente las medidas frente a la pandemia del Covid-19: pruebas aleatorias, aislamiento forzoso, y los planes de vacunación que están por llegar.  Toda la vida humana se ha «biopolitizado» en un intento de erradicar no nuestros riesgos sanitarios sino todo lo que una vez fueron zonas de vida neutrales o seguras. No hay refugio donde no llegue la biopolítica cuando tanto la vida exterior como la interior caen bajo la jurisdicción del control estatal total. El cuerpo, la salud y la felicidad de una persona –incluso su derecho a su «ser soberano individual»– ahora se consideran como si estuviesen dentro de la esfera del biopoder autoritario. El biopoder y la biopolítica forman una mezcla poderosa de narrativas basadas en un monopolio del así llamado «conocimiento científico». En estos tiempos, las estrategias biopolíticas están claramente vinculadas a una forma nueva de biocapitalismo de alta tecnología.

El nuevo biocapitalismo

Organismos no estatales han jugado un papel clave en la agenda biopolítica, especialmente desde el ascenso de la industria farmacéutica, las estrategias globales de atención sanitaria y los gigantes tecnológicos. El campo del biocapitalismo incluye intentos de desarrollar y maximizar los objetivos de los mercados farmacéuticos y otras intervenciones de atención sanitaria. La gestión de políticas biocapitalistas sobre la mayoría de la población mundial ahora es tecnológicamente posible de una manera de la que no se disponía con anterioridad; no solo es tecnológicamente factible, ahora con la pandemia del Covid-19 también hay una razón para su implementación. Esto debería brindar a cada persona pensante suficiente motivo de preocupación. Yo formularía que ahora es imperativo que desarrollemos las herramientas conceptuales para el análisis crítico de las formas en las que se desarrolla la biopolítica en relación con el biocapital.  Esta es la fusión donde la salud (y la economía sanitaria) se combinan con los datos del capitalismo de vigilancia.

El biocapitalismo se ha alineado con la expansión acelerada de los conjuntos de datos, la trazabilidad y el rastreo de los mismos, y el ascenso pujante del capitalismo de vigilancia.[8] Las aplicaciones de rastreo de contactos desarrolladas por Google, Apple y similares es probable que reúnan una inmensa cantidad de nuevos datos que se sumarán a sus cadenas crecientes de distribución de datos. La recolección de datos sanitarios y biomédicos se dobla cada doce-catorce meses, y en el año 2012 un estudio del Ponemon Institute encontró que un 30% del almacenamiento mundial de todos los datos digitales correspondía a la industria sanitaria.[9] Uno solo puede imaginarse cuánto habrá aumentado esa cifra en los años transcurridos. A lo largo de la década pasada el cambio hacia lo digital ha sido rápido: por ejemplo, en ese periodo en Estados Unidos las tasas de implementación de registros electrónicos sanitarios han pasado del 10% al 90%.[10] Actualmente el abanico de dispositivos médicos para llevar puestos (wearables) en el mercado es grande y está aumentando. Ahora es posible monitorizar la mayoría de los aspectos de salud de un individuo. Se estima que para el año 2023 la monitorización remota de los pacientes y los rastreadores de salud generarán anualmente 20 mil millones de dólares.[11] El examen de los datos de asistencia sanitaria digital y su uso para análisis predictivos está cambiando profundamente la manera de manejar a los pacientes, a medida que los dispositivos sanitarios wearables han entrado a formar parte de sus planes de tratamiento. Los datos sanitarios de los pacientes, sin duda alguna, influirán en los modelos de negocio del mercado del biocapital. Y estos datos solo aumentarán a partir de las aplicaciones (apps) de «seguimiento y localización» que la mayor parte de los gobiernos están tratando urgentemente de imponer a sus poblaciones. El biocapitalismo está firmemente embebido dentro del portfolio de expansión de los gigantes de la tecnología. Incluso un somero vistazo a la lista de proyectos de los que son propietarios o en los que han invertido los gigantes tecnológicos de FAMGA (Facebook, Amazon, Microsoft, Google y Apple) mostrará un conjunto inquietante de proyectos de asistencia sanitaria. Tales proyectos incluyen bases de datos médicos de los pacientes, datos de investigación hospitalaria, colaboraciones de las farmacias, instalaciones de investigación de IA (inteligencia artificial), y seguros. En el otoño del 2018 Alphabet, empresa matriz de Google, invirtió 375 millones de dólares en Oscar Health, una compañía aseguradora sanitaria de «próxima generación».[12] Según su director general, Oscar Health tiene como objetivo gestionar los cuidados sanitarios de la gente desde una perspectiva tecnológica reinventada y reconstruida.[13]

Decir que el biocapitalismo está divorciado de la biopolítica sería enormemente naíf. En el gobierno del Reino Unido el secretario de estado para la atención sanitaria y social, Matt Hancock, firmó un acuerdo en marzo del 2020 que proporciona respaldo al Sistema Nacional de Salud (NHS)[14] para anular el deber de confidencialidad en los acuerdos de intercambio de datos. Llamado el «Propósito Covid-19», los nuevos acuerdos de intercambio de datos significan que las organizaciones del NHS y los médicos de familia (GPs)[15] pueden compartir todos los datos de los pacientes con cualquier organización que elijan, siempre que sea con el propósito de «luchar contra el brote de coronavirus».[16]

Junto a los gigantes tecnológicos, la industria farmacéutica está claramente en la vanguardia del biocapitalismo. Big Pharma[17] va a obtener enormes beneficios de la actual situación pandémica; y el tema que ocupa el lugar más alto en su agenda es el de las vacunas. La respuesta de muchos de los directores generales de Big Pharma es que apelan a la sociedad para que ayude a financiar sus inversiones en investigación. Los jefes ejecutivos de Big Pharma han advertido a los gobiernos de que si las vacunas y las pruebas tienen que implementarse más rápidamente tendrán que proporcionar una importante financiación por adelantado.[18] Parece que su «llamada de advertencia» se ha escuchado: se espera que la mayor parte de los costes de fabricación de las vacunas de Big Pharma para el Covid-19 se va a cubrir con financiación de los gobiernos. Y el alcance potencial es impresionante. Solo a modo de ejemplo, el gigante farmacéutico AstraZeneca ha llegado a un acuerdo con Inclusive Vaccines Alliance (IVA) de Europa para iniciar el suministro de hasta 400 millones de dosis de su vacuna para el Covid-19 a finales del 2020. Recientemente AstraZeneca también cerró acuerdos similares por 700 millones de dosis con el Reino Unido, Estados Unidos, la Coalición para las Innovaciones en Preparación para las Epidemias y Gavi: la Alianza para la Vacunación. Más aún, AstraZeneca ha acordado una licencia con el Serum Institute de la India para el suministro de 1.000 millones de dosis adicionales. Actualmente la capacidad total de fabricación está en unos 2.000 millones de dosis para una vacuna que todavía no se ha demostrado que sea «eficaz». Y esta es solo una de las compañías entre muchas otras. Y también puede que solo sea la primera vacuna de muchas otras por llegar.

En un informe reciente (publicado en agosto del 2020)[19], el «experto en salud» pública Tony Fauci y el epidemiólogo David Morens afirmaban que la humanidad había «entrado en una era pandémica». Su informe dice que la pandemia actual es solo la primera de muchas más por llegar y que es probable que durante los próximos años veamos un ritmo acelerado de los brotes.[20] Lo que esto significa es que en el futuro los despliegues de vacunas están asegurados, junto con un mantenimiento de los poderes de emergencia. Una consecuencia ulterior de la continuidad de los poderes de emergencia es la avasalladora bomba económica que caerá sobre las empresas en apuros. La mayoría de las compañías, especialmente las de escala media a baja, están en la antesala del colapso, o ya han quebrado. Alguno de los mayores competidores es probable que busquen la intervención financiera del estado. Lo que esto significa es que un surtido creciente de las mayores empresas corporativas llegará a estar bajo la jurisdicción del control estatal, casi como si fuese por la puerta de atrás. Esta forma menos visible de biocapitalismo fuerza a un cambio hacia un control reforzado del estado/gobierno sobre la esfera socio-cultural mediante tales instrumentos de influencia comercial. Una vez más el sector privado se sitúa bajo el paraguas de una agenda globalizadora a través de la intermediación del estado nación. Es una trayectoria que se acerca de manera alarmante al modelo chino de intervención del estado en el sector comercial.

El biocapitalismo es claramente una fuerza a considerar, profundamente ligada a la biopolítica y a una agenda del biopoder. A través del «Gran Reinicio» está emergiendo un régimen global construido a partir de un ensamblaje de instituciones, procedimientos y «narrativas de conocimiento» ortodoxas, y reforzado por medidas autoritarias que se instigan a través del complejo policial/militar. La cambiante escena biopolítica del siglo XXI, con su agenda económica biocapitalista, implica simultáneamente un estado de bioseguridad creciente.

Un estado de bioseguridad

La política de «control sobre la vida» del biopoder respaldada por las tecnologías del biocapitalismo da lugar a medidas draconianas de un estado de bioseguridad. No hay biopolítica que no sea simultáneamente un aparato de seguridad. De manera similar, no hay bioseguridad que no sea una forma sistémica de regulación. El estado de biopoder para mantener rehén a la vida humana está ejerciendo una corrupción potencial. Esto incluye la posibilidad de utilizar las medidas de bioseguridad para denunciar y reprimir a aquellos individuos que tomen la decisión de resistirse a las fuerzas del biopoder sobre sus vidas.

Por todo el mundo las instituciones estatales están tratando de establecerse como el monopolio exclusivo del uso de la fuerza para garantizar a la población la bioseguridad. También se están colando actores no estatales como institucionalizados y por tanto como participantes y agentes autorizados en este monopolio. El 18 de marzo del 2020, el gobernador general de Australia declaró que existe una «emergencia de bioseguridad humana». Esta declaración otorgó al ministro de sanidad poderes sin precedentes para publicar cualquier requerimiento o directiva bajo el Acta de Bioseguridad del 2015. Por ejemplo, durante el periodo de emergencia de bioseguridad humana el ministro de sanidad puede dictar cualquier instrucción a cualquier persona y establecer cualquier exigencia que el estado considere necesaria para prevenir o controlar la diseminación del Covid-19 en Australia. Todos y cada uno de los individuos deben acatar los requisitos de emergencia. Cualquier persona que esté involucrada en conductas que «contravengan un requerimiento o una orden» puede enfrentarse a una pena máxima de prisión de cinco años y/o una multa de 300 unidades de penalización (63.000 dólares).[21] Actualmente se han establecido, o se está en vías de hacerlo, medidas similares de manera que cuando la gente esté implicada en «comportamientos de desobediencia» corra el riesgo de multas o sentencias de prisión inmediatas.

En el nuevo régimen de bioseguridad, a nadie se le garantiza la libertad a menos que se rinda a las nuevas reglas de la «jurisdicción inmunitaria». Es probable que estas jurisdicciones incluyan pronto la necesidad de un tipo de «pasaporte inmunitario». Este pasaporte previsto creará espacios y accesos de movilidad totalmente reconfigurados en los cuales los viajes, los eventos públicos y sociales y los servicios estatales se puedan cerrar para que quienes no dispongan de una inmunidad biosegura comprobada sean persona non grata. Viajar dentro de los estados nacionales y a través de fronteras internacionales puede que solo sea posible mediante una arquitectura de vigilancia altamente regulada y rastreo incorporado. Si una persona no entrega sus datos bio, su movilidad se impedirá o será altamente restringida. Las señales iniciales de esta práctica de bioseguridad ya están surgiendo en estados como Singapur donde el seguimiento de los ciudadanos es la primera oleada de biovigilancia.[22]

La bioseguridad continuará involucrándose en su poder recién adquirido para reestructurar la totalidad de la vida social, e inmiscuirse en los cuerpos de la población humana, así como en la consciencia humana. Aquí el peligro es que tales estrategias draconianas se dirigen a aplicar una «vida silenciada» a los individuos, privándoles de sus derechos básicos de testimonio y protesta. Tales medidas de bioseguridad no son nada más ni nada menos que el poder de la dictadura autoritaria operando a través de la falsa fachada de la salud y la seguridad. La vida humana biológica se está fusionando con las estructuras físico-digitales del biopoder estatal para reconfigurar la pregunta más importante de todas: ¿qué es una vida humana?

¿Qué es una vida humana?

Nos estamos moviendo peligrosamente hacia un futuro recombinante en el cual, en palabras de un director general: «Los humanos son un riesgo biológico, las máquinas no».[23] Ahora el ciudadano está sometido a una autoridad externa de maneras que nunca antes se pudieron lograr. El biopoder está recomponiendo cómo se trata a los humanos como objetivos –o «unidades»– a controlar, con nuestros cuerpos así como nuestras mentes, como las nuevas colonias a conquistar. El peligro al que nos enfrentamos es un futuro sin una humanidad esencial: solo unidades bajo un régimen de biopoder gestionado digitalmente.

¿Quiero esto decir que el único camino para eximirse de esto es renunciar a nuestra ciudadanía: ser un «no-ciudadano»? ¿Podría existir en el mundo contemporáneo tal lugar sin patria? ¿Desencadenará esto el surgimiento de nuevas repúblicas populares?  A la luz de los eventos recientes nos vemos compelidos a preguntarnos: ¿qué es un humano auténtico? ¿Es posible vivir auténticamente cuando estamos sometidos al poder externo de regímenes de autoridad que niegan a una persona su soberanía individual?

También deberíamos reconocer que existe el «biopoder» del colectivo humano que se yergue en oposición a la intervención vertical del estado. Como individuos también tenemos un poder humano muy real. Las políticas de vida se están usando velozmente contra nosotros para desarrollar los cuerpos dóciles que la agenda de globalización del «Gran Reinicio» busca para desplegar su futuro tecnocrático. No es exagerado decir que el futuro de la humanidad está sobre la mesa. Cómo se desarrollen los próximos años determinará no solo la dirección del futuro humano sino además, de manera importante, cuán humano será. Como familia humana se diría que algunos han olvidado el juramento hipocrático que establece: «No administraré un veneno a nadie cuando se me pida, ni sugeriré tal conducta». La propia política de vida (y muerte) está siendo usurpada por una agenda que muestra escasa, si es que alguna, compasión y comunión humanas. El biopoder estatal se interesa por el poder sobre la vida, en lugar de en la vida misma. Y esto es lo que lo hace profundamente inquietante y supone un gran peligro para un futuro basado en la humanidad. El «Gran Reinicio» puede que hable de la renovación y la recalibración, pero habla de una era que está vacía de las cualidades esenciales de ser humano en un mundo viviente, orgánico. A cada uno de nosotros se nos pide que encaremos esta pregunta central: ¿Qué significa para mí ser humano? Esperemos que de la respuesta a esta pregunta cada uno de nosotros pueda encontrar su propia fuente de poder y fortaleza interior.

 

[1] Véase mi artículo:  Paisajes postpandémicos.

[2] Schwab, Klaus; Malleret, Thierry – COVID-19: The Great Reset. https://es.weforum.org/agenda/archive/the-great-reset/ (en español).

[3] N.T.: Un término procedente de la economía que hace referencia a que el cambio flota libremente en el mercado y el gobierno se abstiene de manipularlo.

[4] Véase – https://www.abc.net.au/news/2020-08-25/woman-who-snuck-into-wa-on-truck-handed-six-month-jail-sentence/12592832

[5] Véase – https://www.stuff.co.nz/national/health/coronavirus/120577868/coronavirus-police-can-now-enter-homes-to-look-for-people-gathering

[6] Véase – https://www.telegraph.co.uk/news/2020/08/04/australian-state-impose-hefty-fines-compel-covid-19-isolation/

[7] https://www.theguardian.com/australia-news/2020/sep/21/overreach-and-overzealous-concerns-over-victorias-proposed-new-police-powers

[8] Para una descripción detallada véase La era del capitalismo de la vigilancia de Shoshana Zuboff.

[9] https://www.forbes.com/sites/stewartsouthey/2019/06/30/medical-wearables-surveillance-capitalism-and-global-health/

[10] ibid.

[11] ibid.

[12] Oscar Health la fundó en 2012 Joshua Kushner, que resulta ser el hermano de Jared Kushner, yerno del Presidente Trump.

[13] https://money.cnn.com/2018/08/14/technology/google-oscar-health-insurance/index.html

[14] NHS: siglas en inglés del National Health Service

[15] GPs: siglas en inglés de los general medical practitioners.

[16] https://www.computerweekly.com/feature/Surveillance-capitalism-in-the-age-of-Covid-19

[17] Big Pharma: en referencia a la gran industria farmacéutica.

[18] https://www.ft.com/content/000a129e-780e-11ea-bd25-7fd923850377

[19] https://www.cell.com/cell/fulltext/S0092-8674(20)31012-6#%20

[20] https://www.buzzfeednews.com/article/danvergano/more-coronavirus-pandemics-warning

[21] https://www.harrisonpublications.org/covid-19-plandemic-profit-fallout.html

[22] https://21stcenturywire.com/2020/09/23/bio-surveillance-singapore-issuing-bluetooth-tracking-tag-for-citizens/

[23] See my previous essay – Post-Pandemic Landscapes