Engaño

Nombre

acción y efecto de engañar

falta de verdad en lo que se dice, hace, cree, piensa o discurre.

Cuando una nación se queda sin anclaje a la realidad, se retira a un mundo mágico.

Chris Hedges, Empire of Illusion

 

Seamos honestos: no vivimos dentro de una representación fiel del «mundo real». Asumimos que nuestras percepciones —lo que vemos, oímos y tocamos— son descripciones exactas del mundo que nos rodea.  Pero no lo son; más bien, son representaciones filtradas que se han procesado a través nuestro. Nunca podemos percibir el mundo de un modo directo, de la misma manera que no podemos mirarnos la cara directamente. El mundo que percibimos «ahí fuera» es una proyección de las inputs que hemos recibido; es la mejor estimación que puede hacer nuestro cerebro a partir de los datos disponibles. Y puesto que el cerebro de la mayoría de la gente funciona de una manera similar, la proyección final sobre la pantalla de la película de la vida es más o menos semejante. Digo más o menos, porque si alguien ha leído una novela de Philip K. Dick, viajado con chamanes, ingerido ciertas sustancias que alteran la mente, experimentado un trance o un estado meditativo profundo, etcétera, la realidad que se experimenta es un tanto diferente. La percepción directa de lo Real, dicen los místicos, deja a la persona sin duda alguna de la veracidad de la realidad: la  certeza es absoluta. La alternativa —nuestro estado habitual de percepción— se basa en una simulación interna que nuestro aparato físico (nuestro cuerpo) ha interpretado para nosotros. Eso significa que técnicamente la vida tal como la conocemos es una simulación o un simulacro: una imagen o representación de alguien o algo. Y no soy el único que lo dice, también los científicos están captando la noción de que la realidad es solo una representación.

Donald D. Hoffman, un profesor de ciencia cognitiva de la Universidad de California, en Irvine, ha dedicado las tres últimas décadas a estudiar la percepción, la inteligencia artificial, la teoría evolutiva de juegos y el cerebro humano. ¿Y su conclusión? Él dice que el mundo que se nos presenta mediante nuestras percepciones no tiene parecido alguno con la realidad. Según el Profesor Hoffman, lo que llamamos realidad objetiva es simplemente una colección de puntos de vista. Nadie, afirma, puede evaluar el mismo objeto en idéntica situación y obtener los mismos resultados. Pero esto no debería sorprendernos puesto que durante la mayor parte de los últimos cien años ya hemos dispuesto de las teorías de la mecánica cuántica merodeando a nuestro alrededor. Hemos tenido tiempo suficiente para acostumbrarnos a la idea de que las partículas que constituyen nuestra realidad física carecen de existencia independiente del observador. Vivimos en una realidad condicionada por el observador. Se trata, sencillamente, de que la mayor parte del tiempo nuestras observaciones parecen corresponder, más o menos, a eso que conocemos como vida. Como expresó notoriamente el físico John Wheeler, «Por muy útil que sea en circunstancias ordinarias decir que el mundo existe “ahí afuera”, independientemente de nosotros, ese punto de vista ya no se puede mantener»[1]. El cerebro filtra la mayoría de los inputs con la finalidad de mantenernos cuerdos; lo que finalmente nos transmite son nada más y nada menos que «crudas representaciones» que permiten nuestra supervivencia general.

Seamos prácticos: ¿cómo podríamos arreglárnoslas con el mundo si todo lo que percibiésemos fuesen las vibraciones energéticas subyacentes? Necesitamos vivir en un «mundo decodificado». Pero mientras que antaño esta decodificación no se cuestionaba, ahora nos damos cuenta de que las cosas no son tan simples. Y esto es lo que yo llamo el «problema del palimpsesto». La palabra palimpsesto hace referencia a un pergamino, o a un manuscrito, que se usa varias veces, borrando en cada ocasión la información previa. En lugar de tirar pergaminos valiosos nuestros ancestros solían reutilizarlos borrando lo escrito anteriormente, de manera muy similar a lo que hacíamos cuando éramos niños con nuestros cuadernos. No obstante, a menudo asoman restos de los escritos previos u originales. ¿Recordáis esas situaciones de las películas de espías en las que el agente secreto encuentra un trozo de papel que contiene cierta información que se había estregado exhaustivamente? Por lo general el astuto detective saca un lápiz, lo frota sobre las letras incrustadas y borradas y el mensaje aparece. Esto es el palimpsesto, en el cual tenemos información que se coloca capa sobre capa de rondas precedentes de información. Y eso es, exactamente, lo que veo que está sucediendo actualmente.

Nuestras sociedades, especialmente las culturas modernas orientadas por los medios de comunicación, están creando capa a capa representaciones sustitutivas de la realidad. En ocasiones, las nuevas capas se simplifican en exceso —hipernormalizan— con el fin de representar un mundo básico de «nosotros contra ellos». Pero el resultado es el mismo: nuestro sentido de la realidad se ve anegado por esas descripciones y representaciones de capa sobre capa. Lo que antaño era solo parcialmente real (nuestra realidad influida por el observador) ahora se convierte en algo cada vez más alejado de la realidad debido a que nuestras culturas se saturan de contenidos superficiales creados por los principales medios de comunicación, la política, y demás canales similares de propaganda. Y todo esto forma parte del simulacro, de la sustitución insatisfactoria; capa sobre capa de interpretaciones proyectadas de lo que es «real» nos llevan al «problema del palimpsesto». De una u otra manera, se mire como se mire, la vida es una simulación de algo, que a su vez es una simulación de alguna otra cosa. Otra manera de llamarlo es la «sopa de la sopa»; he aquí una historia de las hazañas del famoso Nasrudín que lo explica:

Un familiar de Nasrudín vino a verle desde el pueblo y le trajo un pato.   Nasrudín agradecido, hizo cocinar el ave y la compartió con su invitado. Al poco llegó otro visitante. Tal y como dijo, era un amigo, «del hombre que le había regalado el pato». Nasrudín también lo alimentó. Esto sucedió repetidas veces. La casa de Nasrudín se convirtió en una especie de restaurante para forasteros visitantes. Cada uno de ellos era amigo más o menos lejano del donante del pato. Nasrudín terminó por sentirse exasperado. Un día alguien llamó a la puerta y apareció un desconocido que dijo: «Soy amigo del amigo del amigo del hombre que te trajo el pato del pueblo». «Entra», dijo Nasrudín. Se sentaron a la mesa y Nasrudín pidió a su mujer que trajera la sopa. Cuando el huésped la probó, le pareció que no era más que agua tibia. «¿Qué clase de sopa es esta?» le preguntó al Mulá. «Esta», dijo Nasrudín, «es la sopa de la sopa de la sopa de pato»[2].

 

La principal función de la simulación es hacer que lo real desaparezca al mismo tiempo que esconde el hecho de su desaparición. El evento no ocurrió nunca. Este es el verdadero arte de los principales medios de comunicación, por ejemplo, y es un truco de magia sumamente estructurado.

La gran literatura mística de todo el mundo ha hablado acerca de nuestra realidad como si fuese, de una u otra manera, una ilusión: como algo no real. Cierto, pero algunas cosas nos parecen muy reales: nos lastiman, padecemos dolores (a veces horrendos, inhumanos) y también sufrimos además de amar y experimentar alegría.  Pero pese a ello se nos dice que es una ilusión porque solo es una copia de una verdad más grande. Como diría Platón, es una sombra de la forma pura original. Puede que Shakespeare lo expresase mejor cuando en Como gustéis decía:

«Todo el mundo es un escenario,

Y todos los hombres y mujeres meros actores;

Tienen sus salidas y entradas;

Y un hombre durante su vida interpreta muchos papeles».

 

Y ahora esa representación ilusoria se lleva hasta el extremo; a su ilógico «final lógico». Bienvenidos a la simulación que actualmente ha sustituido nuestras vidas modernas. Bienvenidos a la representación de la percepción. Bienvenidos al engaño.

 

Un engaño seductor

El historiador Yuval Noah Harari afirma que según las matemáticas, «puesto que solo existe un mundo real, en tanto que el numero de mundos virtuales potenciales es infinito, la probabilidad de que uno habite el único mundo real es casi cero[3].  Ya se ha hablado mucho acerca de si estamos viviendo en una simulación por ordenador. Este debate fue provocado en gran medida por el ensayo original del filósofo Nick Bostrom «Are You Living in a Computer Simulation?» (2003)[4]. Bostrom argumentaba que la evolución de la humanidad inevitablemente conducirá a un estado post-humano en el cual nuestros descendientes tendrán un inmenso poder tecnológico, a menos que antes de eso se destruyan a sí mismos. Y si alcanzan este estadio avanzado tendrán capacidad tecnológica para crear simulaciones complejas de sus ancestros (¡es decir de nosotros!) en las cuales todo parezca real; incluso la consciencia de los «personajes» de la simulación se percibirá como real. Estos descendientes post-humanos serán capaces de crear tantas simulaciones como deseen, lo que nos lleva a la teoría científica de las dimensiones múltiples. Y si pueden crear tantos universos simulados como deseen, en tal caso, por supuesto, crearán muchísimos más «personajes simulados» que el número real de antepasados. Por lo tanto, según Bostrom, dado que la probabilidad de que cualquiera de nosotros sea un personaje simulado es mucho mayor que la de que sea un ancestro real, puede concluirse que, casi con absoluta certeza, vivimos en una simulación.

Este fascinante rompecabezas filosófico, por enigmático que parezca, no es el objetivo de este libro. El asunto al que nos enfrentamos, la representación social de la vida que parece más irreal que real, es un fenómeno cultural que nos afecta mucho más, personal e íntimamente. En otras palabras, es la fascinación cultural de un estilo de vida que con cada nueva versión, como el palimpsesto, parece cada vez más alejado de lo «real» original. Y, mientras recorremos estos tiempos del bardo, esa sensación de «incertidumbre de lo real» se nos presenta cada vez más directamente ante los ojos. En pocas palabras, lo que se ofrece es de lejos mucho más seductor y atractivo que nunca: y ahí está el engaño. De hecho es un engaño más insidioso que el modelo de «simulación por ordenador» porque al menos dicho modelo aspiraría a cierta consistencia interna; y en lo que a eso se refiere, lo que tenemos es un sucedáneo, una imitación insatisfactoria.

El simulacro social es una imitación o un sustituto que no nos complace. Trata de ofrecernos sucedáneos que disfrazan lo genuino y que perpetúan la ilusión de que lo que vemos y oímos que pasa en el mundo es la verdad real. Pero estas ilusiones son como pantomimas que satisfacen a quienes se sienten atraídos por la apariencia. Y esta fachada se ha ido construyendo gradualmente a lo largo de mucho tiempo: es un proceso conocido como «desviación de uso». Y ha llegado al estadio en el cual puede fascinarnos y seducirnos. Pero puesto que es un simulacro, una copia, por naturaleza debe ser de peor calidad, como lo son todos los remedos.  No obstante, no vemos o percibimos esa inferioridad porque no se espera que lo hagamos. Esta «realidad maravillosa», que es un simulacro, se expande por todo el globo con la esperanza de que todos y cada uno queramos participar. Una analogía de ello es la brillante escena de Huckleberry Finn de Mark Twain, en la que se cuenta cómo se las arregla  Huckleberry para persuadir a sus amigos de que pintar (blanquear) la cerca blanca no es una tarea ingrata sino realmente un privilegio. Sus amigos le hacen regalos a fin de conseguir su turno para pintar la cerca, y Huckleberry se recuesta sonriente. Primero les embauca para que piensen que la tarea es una experiencia maravillosa; y luego para que la deseen y paguen por participar. El blanqueo de la cerca es nuestro encalado actual de lo real. Y aquí, el peligro reside no solo en permitir que esto ocurra sino en que lo naturalicemos participando en ello.

 

El simulacro integral

El simulacro que ahora es el sistema lo abarca todo: todo lo que sabemos, o pensamos que sabemos, está dentro de él. Y este substituto simulado intenta incluir todas las anomalías. Un reflejo de ello se puede ver al final de la segunda parte de Matrix –Matrix Reloaded– en la que el arquitecto (un sosías de Freud) dice que la matriz ha sido reprogramada para incorporar a su nuevo programa todas sus irregularidades. Es decir, para mantener el programa en marcha se necesitan incluso las anomalías porque estas forman parte del propio programa. Es una matriz de realidad absolutamente incluyente que no tiene nada fuera de ella. En las películas de Matrix es posible desenchufarse de la matriz. En nuestro caso, todavía no se ha descubierto una ruta de escape sencilla. No obstante, siempre ha habido métodos y técnicas para trascender más allá del simulacro que nos rodea.

En la terminología de la psicología humanista a esta forma de trascendencia se le ha llamado el camino de la «realización personal». Y aún así solo tenemos la prerrogativa de «trabajar en nosotros mismos» una vez que hayamos conseguido cubrir otras necesidades más primarias que incluyen las fisiológicas de comida, agua y descanso; luego las de seguridad, abrigo y protección; después las sociales de pertenencia, amor y relaciones; y por último las de respeto y logro. Solo cuando se cubren dichas necesidades estamos en la posición privilegiada para poder ocuparnos del logro de nuestro verdadero potencial: la autorrealización. Y sin embargo el simulacro de sociedad y cultura realiza un trabajo excelente haciendo que nos ocupemos a lo largo de nuestras vidas de las necesidades inferiores, de manera que prácticamente nunca tengamos la oportunidad de lograr alguna forma de autorrealización. El simulacro es muy bueno manteniéndonos ocupados, distraídos, y comprometidos con otras cosas.

Nuestros sistemas sociales promueven, incluso con desvergüenza, aquellos aspectos que pueden parecer anomalías. Por ejemplo, los artistas musicales que se encolerizan oponiéndose a la sociedad, cantantes cuyas canciones pop-rock protestan contra el sistema, todos promocionados masivamente por el propio sistema que se enriquece a costa de ello. Tales irregularidades no solo se toleran o se aceptan sino que además se fomentan activamente. El sistema busca incorporar todas las alternativas genuinas; todo alimenta el mismo engaño. El mundo que creemos conocer se nos presenta, mediante una copia, como una forma de ilusión radical. De manera que la vida se vive y se experimenta a través del nuevo procedimiento de una «vida por delegación». Aceptándolo sucumbimos a una existencia que se vive indirectamente como si se alimentase con el menú en lugar de con la comida. Nuestra hambre genuina, real y profunda se ignora. Por supuesto, hay sufrimiento, conflicto, odio y todo lo demás, que nos resulta muy real. Pero lo que rara vez nos paramos a considerar es que somos nosotros quienes hemos hecho real todo eso gracias a nuestras propias historias, a esas narrativas con las que la sociedad nos alimenta. Nuestros palimpsestos culturales son historias edificadas sobre historias.

Ya sea que llevemos turbante, luzcamos una larga barba, nos afeitemos la cabeza, o llevemos prendas de vestir peculiares, estamos indicando a aquellos con quienes nos encontramos que nos adherimos a una narrativa determinada. Cuando la gente está dispuesta a morir para ir al paraíso, a matar por la gloria y el honor, o a destruir vidas por unos cuantos dígitos bancarios, ratifica sus historias. Y los relatos solo tienen valor si hay un consenso común. Pasa exactamente lo mismo con el dinero, ya sea moneda fiduciaria o de metal; tiene un valor determinado porque existe una historia consensuada acerca de él. Pero ¿de qué vale una barra de oro si te estás muriendo de sed en un desierto y el único camellero con agua no acepta tu oro?

Nuestras historias sociales han formado estructuras de significado que tienen validez dentro de una red de relatos similar. Cuando nos encontramos con otra estructura social de historias que no concuerda con la nuestra solemos terminar por ir a la guerra. Cada relato que nos contamos se refuerza mutuamente dentro de nuestra propia red, confirmando su validez, hasta que terminamos por creer lo que todos los demás a nuestro alrededor creen. Y el gran engaño es que cada simulacro usa lenguajes, imágenes, rituales sociales y reforzamientos específicos para crear realidades completamente nuevas. Si queremos entender nuestro futuro lo mejor que podemos hacer es decodificar nuestras propias narrativas culturales. Vivimos literalmente dentro de un mundo de ficción; y en un mundo de ficciones e historias la realidad siempre perderá. La realidad, o lo real, siempre se ha visto forzada a encajar en nuestros relatos del mundo, y siempre lo hará: tanto si nos cuentan que el mundo es plano, como que la tierra es el centro del sistema solar o que iremos al infierno si somos malos. El simulacro de historias siempre empujará a la realidad fuera de foco. Vivimos dentro de un mar de relatos, y esos son los programas de simulación.

 

Es crucial entender como el simulacro nos programa de manera que una generación no someta a programación a la siguiente «sin saberlo».  De lo contrario el sistema se convierte en una máquina de programación continua. Y el engaño sabe cómo venderse a sí mismo hasta la saciedad, utilizando diferentes consignas para diferentes generaciones. En términos de cultura popular su banalidad a menudo se disfraza y se vende como fascinante, embriagadora, entretenida, seductora, juego, diversión, y todo lo demás.  Pero la banalidad, se vista como se vista, por debajo de su brillo continúa siendo insustancial. Y especialmente entre quienes en las culturas modernas nos sentimos atraídos a aceptar lo trivial al igual que el emperador desnudo viste sus inexistentes ropajes. Es la comida rápida del sentido. Tomamos nuestra ración, nos sentimos alimentados y renovados, y a continuación nos vamos aparentemente saciados, solo para volver a sentir al poco tiempo las punzadas del hambre. En verdad no nos llena de nada sustancioso. Y esta es la banalidad del engaño: no se nos ofrece nada de valor o con sentido genuino. Pero muchos de nosotros nos engañamos. Preguntémonos, realmente, ¿cuántos somos verdaderamente felices?

Podemos preguntarnos por qué en las culturas altamente desarrolladas hay mucha  gente tan deprimida. Según un informe recientemente publicado por el Journal of the American Medical Association (JAMA), en el año 2013, el 16,7 por ciento de los 242 millones de adultos de Estados Unidos decían que tomaban una o más medicaciones antidepresivas[5]. Esto es una de cada seis personas y supone un incremento respecto al 13 por ciento del año 2012. A pesar del simulacro de felicidad, hay una ingente cantidad de personas con ansiedad y depresión. Y este síndrome no solo se observa en la población general sino que también es endémico entre las «estrellas» del espectáculo. Muchos de nuestros personajes famosos están, o han estado, en terapia o la necesitan imperiosamente para dolencias que van desde el abuso de alcohol y drogas, a las relaciones fallidas, el estrés y otros factores. Solo las historias que más  impulsan el chismorreo aparecen a la hora del espectáculo de las noticias; pero en lo profundo, por debajo de las apariencias, muchas celebridades sufren en silencio y ya son adictas a atiborrarse de pastillas. Solo en los últimos años hemos visto caer como moscas drogadas a «estrellas famosas» como Michael Jackson, Heath Ledger, Philip Seymour Hoffman, y Prince. Simplemente introduzca en su herramienta de búsqueda online «estrellas famosas muertas por drogas», tal como acabo de hacer yo y vea lo que sale. De hecho, puede que incluso tenga que restringir la búsqueda porque haya  demasiada información. Por qué no escribir: «estrellas famosas muertas por sobredosis de medicamentos». Se diría que el mayor espectáculo del mundo está respaldado por una dieta medicinal de terapia y medicamentos. No hay parodia de huida: la propia fuga sería solo una caricatura.

Parece que ya nada puede tomarse al pie de la letra, si es que alguna vez se pudo.  Entornos simulados intentan erradicar cualquier idea o ideología opuesta que pueda impugnarlos; o bien tratan de integrarla. Blanquean cualquier oposición, «repixelan» la pantalla de manera que todo aparente concordar. Pero lo hacen no solo erradicando la oposición sino además creando una falsa sensación de contrarios, dualismos y oponentes. Todo, desde nuestro sentido de elección, nuestra política o nuestra economía, se manufactura y se empaqueta como si fuesen medicamentos recetados. A lo que nos enfrentamos cada vez tiene menos que ver con lo real y más con su sustitución: su replicante.

 

El ascenso de los replicantes

Nos enorgullecemos de saber la diferencia entre lo real y lo imaginario. Nuestro sentido de la realidad se guía por indicadores denominados dualidades: lo «bueno» y lo «malo» y la «derecha» y la «izquierda». Pero estas estructuras caseras superficiales se usan en exceso como sustitutos. Son como signos replicantes que nos distraen de lo que puede estar pasando por debajo. Se nos presenta una realidad «engañosa» empaquetada que falsea sus oposiciones y sus opciones. Se nos pide que elijamos una u otra cosa sin que tengamos opción alguna en lo que respecta a la selección que se nos ofrece. Está ocurriendo una prestidigitación increíble: la ilusión de la libre elección; pensamos que la tenemos cuando se nos pide que escojamos entre A, B, o C, ya sean candidatos, objetos, políticas, etcétera, cuando de hecho todo lo que se nos brinda son opciones limitadas. Que se nos ofrezcan opciones no es lo mismo que tener libre elección, y aún así la diferencia se difumina. Cuando se nos da a elegir entre A y B, el juego de manos es distraernos de la pregunta: ¿En qué tipo de sistema vivo que solo ofrece las opciones A y B? Y también: ¿dónde están todas las otras alternativas posibles más allá de A y B? Nuestras perspectivas se dirigen hacia un foco específico y controlado de manera que perdamos el panorama más amplio. Desbarramos sobre nuestras historias de la «izquierda» y la «derecha» e incluso trasladamos nuestras narrativas a pancartas y vamos a manifestarnos. Decimos que «nosotros» somos laboristas o conservadores; demócratas o republicanos, cuando de hecho lo que estamos diciendo realmente es que «me disteis la opción de A o B y escogí la A, y ahora voy a defender mi elección». Estos son los dualismos externos, las falsas paradojas que crean la ilusión de un campo de juego con matices. Cualquier observador perspicaz puede verlas tal y como son: superficiales, siluetas finísimas  desfilando como una pantomima.

¿Cuáles son las opciones de libertad disponibles? En términos de política representativa, ¿dónde se halla nuestra «libertad» de elección cuando la totalidad del sistema que está detrás de los candidatos se encuentra más allá de nuestra elección? La ilusión de elegir nos distrae de darnos cuenta de la ausencia y falta de opciones que existe realmente. Es el truco de prestidigitación del mago que distrae nuestra atención del objeto de verdadero valor; en este caso, el hecho de que nuestros sistemas políticos están manipulados para excluir la elección y para ser tan limitantes como resulte posible para la población general. Es un simulacro de libertad que reemplaza el antiguo modelo de represión (ya sea feudalismo, dictadura o autoritarismo). Los efectos especiales son más sutiles, más suaves y causan menos oposición. O, en palabras de Herbert Marcuse: «en la civilización industrial avanzada prevalece una ausencia de libertad confortable, suave, razonable, un símbolo de progreso técnico»[6]. Marcuse también señaló que la «libre elección de amos no suprime los amos o los esclavos»[7].

La simulación juega con la noción de sustitución, replicación y reemplazo. La mayoría de las cosas son copia de alguna otra.  Lo real, lo original, está fuera de la vista, invisible para el ojo inexperto. Cualquier apariencia de lo real ha experimentado sustitución: bienvenidos al engaño. Y podemos preguntar: ¿dónde están hoy día los originales? ¿Qué es siquiera original actualmente? Incluso nuestras personalidades (nuestras personas) son una máscara: nuestras identidades son conjuntos de identificadores culturales socialmente condicionados: ¿dónde queda el «Yo» original? ¿Quién es el «Tú» original?

Al simulacro socio-cultural nada le gusta más que desarrollar un gran espectáculo a partir de los así llamados «originales». No obstante, hasta las pinturas «originales» son copias puesto que son una reproducción de alguna otra cosa que fue imaginada o copiada de la vida y transferida al lienzo. No se puede decir que cualquier pintura sea «original»; es una palabra falsa utilizada para encubrir la simulación. Lo que llamamos pintura «original» es meramente la «primera copia» previa a que lleguen las demás; y después aparecen las falsas, que no son sino otra capa a añadir al falaz simulacro general. Y aún así las «primeras copias» alcanzan precios increíbles (siendo que el dinero es otro objeto de simulación basado en un valor percibido o consensuado). Un ejemplo de esta ridícula carrera de gastos son los 300 millones de dólares pagados en septiembre del 2015 por la pintura Intercambio de Willem de Kooning (como los 210 millones pagados por el cuadro de Paul Gauguin ¿Cuando te casas? en febrero del mismo año). Este pomposo comportamiento termina por parecer una parodia, más que otra cosa. Se supone que en nuestras vidas estos eventos confieren sentido, nos proporcionan satisfacción y éxito; y sin embargo son gobernados por lo artificial, lo superficial, y el espectáculo. Son acontecimientos que siempre van a la deriva hacia su propio punto de fuga. Los replicantes custodian los portales del vacío.

El simulacro de las culturas contemporáneas está inundado de imágenes sintéticas que se hacen virales reproduciéndose a través de nuestras redes sociales y tecnológicas. Se repiten sin límite alguno para la copia, el pegado y la transmisión, a través de los medios sociales mediante correos, blogs, bandejas de entrada, etcétera, hasta que se han reproducido millones de veces. Están tan lejos del original que ya no son sus espectros sino su fantasmagoría: visibles maderos a la deriva que contribuyen al aumento cada vez mayor de los restos flotantes de golosinas lunáticas. Actualmente las películas se han combinado con imágenes sintéticas generadas por computador que crean una simulación cinemática alejada de los objetos, las personas y los escenarios  reales (ver capítulo 7). Estamos en el proceso de aniquilar las huellas de nuestra existencia a medida que nos deslizamos cada vez más cerca del vacío.

Quizá el truco, si es que hay uno, sea ser conscientes de nosotros mismos dentro del simulacro que nos rodea. Este grado de conocimiento de uno mismo es similar a aquello de lo que trata el gnosticismo (ver capitulo 12). A cada cual le corresponde ser responsable de su propia vigilancia.

 

Estar alerta dentro del engaño

Ahora es un buen momento para estar alerta; si alguna vez hubo tiempos para estarlo, desde luego los del bardo se cuentan entre ellos. A diario nuestras vidas son  impactadas, afectadas e influidas por fuerzas externas. Estamos inundados dentro del entorno simulado que es el engaño. Y como el agua a los peces, la naturaleza de nuestro medio ambiente, estando a plena vista, a menudo se nos oculta. Las instituciones culturales y los sistemas sociales extienden sobre nosotros sus fuerzas condicionantes, nos atiborran de propaganda, y nos venden imágenes lúdicas y actividades que atraen a la colectividad. Es una representación de la realidad que prefiere que los participantes sean mecánicos, que no tengan pensamiento creativo. Lo que actualmente necesitamos es una atención vigilante; capacidad para ver a distancia las cosas que nos llegan. Es hora de adoptar un papel más activo en nuestra propia observación.

Mientras caminamos a diario por el simulacro deberíamos prestar atención a nuestros pasos. Siempre hay momentos, oportunidades en las cuales se deben tomar determinadas decisiones. A la simulación (engaño) le gusta jugar un papel en las decisiones que tomamos, así que cada quien debería ser consciente de sus elecciones y resoluciones. Puesto que hay pocas posibilidades de alejarse, tenemos que prestar gran atención a la naturaleza del engaño. Podemos fingir que no está sucediendo o ignorar sus encantos, pero para vivir en nuestros entornos sociales y culturales tenemos que participar «en el juego». La mejor estrategia sería entrar totalmente despiertos en el juego. Hay una línea muy delgada entre jugar o ser un peón. No ser un simple peón significa ser consciente de la naturaleza del juego, que está todo hecho de historias: tanto las que nos cuentan como las que nosotros mismos nos relatamos.

Como afirmaba al principio, todo está dentro de nuestras cabezas. No hay nada «ahí afuera» que no esté también dentro de nosotros. Si se nos engaña es porque algo en nuestro interior lo permite. Si vamos a atravesar estos tiempos del bardo, necesitamos conocer el engaño por lo que es: una ilusión. Como dijo Albert Einstein en una ocasión: «La realidad es meramente una ilusión, aunque una muy persistente». Bienvenidos al arte del manejo de la percepción.

 

Extraído de su último libro: Los tiempos del bardo: hiperrealidad, alta velocidad, simulación, automatización, mutación, ¿un fraud

 

[1] Amanda Gefter, “The Case Against Reality,” https://www.theatlantic.com/science/archive/2016/04/the-illusion-of-reality/479559/, April 25, 2017 – accessed April 28, 2017

[2] Shah, I. Las hazañas del incomparable Mulá Nasrudín. Paidos Orientalia. 2012.

[3] Harari, Yuval Noah. Homo Deus. Breve historia del mañana. Editorial Debate. 2016.

[4] Se puede encontrar una versión en español del ensayo  ¿Estamos viviendo en una simulación por ordenador? en http://www.forexconmql.cl/geos/FUM/FModerna/Simulacion.htm

[5] Para más información ver http://jamanetwork.com/journals/jamainternalmedicine/article-abstract/2592697

[6] Marcuse, H. El hombre unidimensional.  Editorial Ariel. 2010.

[7] Marcuse, H. Ibídem.