Durante 2020, el año que comienza, proseguirá un proceso ya iniciado y que vemos desplegarse a nuestro alrededor por todo el globo. Muchos de nosotros nos preguntamos: ¿se ha roto la realidad? Casi se diría que sí.

La realidad –sea lo que sea o fuese eso– se ha ido retirando gradualmente al abrigo de un espectáculo de simulación. Estamos siendo testigos de la aparición de una fachada reluciente para el siglo XXI. Uno de los resultados de ello es que los signos y las señales que hace tiempo nos servían como guías están perdiendo su significado y haciéndose indistinguibles de las falsas realidades. Como el sociólogo Jean Baudrillard dijo tan acertadamente: La atracción del vacío es irresistible. Sugiero que este vacío creciente que nos atrae marca un colapso de nuestra realidad consensuada, que seguirá incrementándose cuando vayamos avanzando a lo largo del año que empieza.

A medida que la estructura estable de nuestra realidad actual se siga desmoronando, nuestras referencias sobre las diferencias y las contradicciones se desdibujarán aún más, haciendo que parezcan suaves en lugar de abruptas. Ya no será la píldora amarga la que nos vemos forzados a tragar sino la dulce pastillita que estamos dispuestos a echarnos al coleto. El resultado de todo ello es lo que yo llamaría hiperrealidad. Mi sensación es que a medida que avancemos por el año 2020 esta quimera de hiperrealidad se va a expandir. Es decir, estamos metiéndonos cada vez más dentro de la madriguera de conejo[1] del colapso del consenso sobre la realidad (CCR).

 

La noción original de hiperrealidad (un término prestado de la semiótica y la teoría posmoderna) es una incapacidad de la consciencia para distinguir entre la realidad y una simulación de la misma, especialmente en las sociedades tecnológicamente avanzadas. Lo que esto quiere decir es que en lugar de tener que enfrentarnos a la amenaza de lidiar con nuestras sombras, nos veremos cada vez más frente a la amenaza de nuestros clones: es decir, nuestros sustitutos.

En estos tiempos en los cuales las estructuras que antes guiaban nuestra realidad comienzan a resquebrajarse, las fuerzas manipuladoras se hacen más fuertes, se generalizan. Tales fuerzas externas se involucran más con nuestra experiencia subjetiva del mundo y tratan de retorcerla para que encaje en una nueva remodelación de la realidad. Esto es lo que crea las inestabilidades, las incertidumbres y la ansiedad. Una respuesta habitual a este mundo emergente sería reforzar su aceptación y por tanto «normalizarlo». La alternativa es situarse uno mismo fuera o en la periferia del sistema y convertirse en un objetivo a vigilar. Actualmente, vivir en los márgenes puede convertirse en la opción de los nuevos objetores de conciencia.

Por decirlo simplemente, el desarrollo de la hiperrealidad puede describirse como la normalización del engaño. Cuando la sociedad de masas se adhiere a una ilusión colectiva llegamos a calificar de normal a la «nueva realidad». Y si una persona se desvía demasiado de este pensamiento consensuado, a menudo la etiquetamos de ilusoria o inestable. El nuevo campo de batalla es el control y la manipulación de la percepción humana. Durante 2020 es muy probable que contemplemos un incremento del interés y la intervención sobre los «estados de consciencia» a través de instituciones tales como la gestión social estatal, la propaganda, el entretenimiento/consumismo, los militares, etcétera.

En el colapso del consenso sobre la realidad, todos los actores pugnan por tener una participación de control. Oficialmente, lo que hemos llegado a considerar como «realidad» se hará intangible y fluido, conduciendo al aumento de ideologías adversas tales como las ideologías fascistas actualizadas y las nuevas versiones de las políticas de izquierda-derecha. Estamos perdiendo cada vez más nuestros rumbos, nuestros puntos de amarre permanentes, y es probable que esto nos conduzca a un aumento de la ansiedad al intentar aferrarnos a las creencias en las que hemos invertido. Mi sensación es que a lo largo del 2020 muchos de nosotros experimentaremos un malestar de uno u otro tipo.

Nos hemos visto condicionados a poner nuestra confianza externamente en una serie de instituciones que incluyen las religiosas, las de trabajo/carrera profesional, las sociales, las educativas, etcétera. Y, evidentemente, si esas instituciones nos fallan nos sentimos vulnerables o incluso traicionados. Y, no obstante, la verdad del asunto es que desde el principio al externalizar nuestra confianza nos traicionamos a nosotros mismos. Si vivimos una vida en la que contamos con sistemas externos, debemos estar preparados para sentirnos desamparados en el caso de que dichos sistemas se desmoronen. En tiempos de gran transición, como los actuales, estas instituciones sociales son muy frágiles. Aquí el dilema es que nuestros sistemas se amplían pero no se trascienden a sí mismos. El único remedio para esto es una forma de trascendencia –un proceso o acto de gnosis– que permita ver a través de la superficialidad del espectáculo.

En estos tiempos hiperreales de colapso del consenso sobre la realidad, tendremos que encontrar un nuevo equilibrio y acuerdo entre las cosas. Será más necesaria una fluidez y una apertura personal a los acontecimientos con el fin de apartarse de la disonancia. Nos veremos obligados a transformar las formas externas de inestabilidad en formas personales de estabilidad interna. En definitiva, solo podemos confiar verdaderamente en nuestro propio sentido común e intuición. Como dijo Václev Havel en uno de sus discursos: «La trascendencia es la única alternativa real a la extinción».

 

[1]En el original «rabbit hole», que hace referencia al lugar por donde Alicia entra en el País de las Maravillas.