No tengo por qué justificar mi búsqueda de espiritualidad en términos físicos. Si me pides que lo haga, eso significa que no entiendes nada de espiritualidad.

Henryk Skolimowski

La forma de nutrir y sostener una «vida interior» (tema del anterior ensayo) ha estado presente en todo momento en la cultura y la sociedad humanas. No es algo nuevo; más bien, lo nuevo es haber olvidado su existencia y su importancia, factor que, en términos relativos, ha penetrado recientemente en los asuntos humanos.

A través de los tiempos, diversas enseñanzas de sabiduría han actuado dentro de la humanidad con el objetivo y la intención de elevar permanentemente la consciencia de una persona/grupo/comunidad hacia un nivel de percepción más «sutil» o alterado. Comenzando cuando nuestros antepasados humanos eran cavernícolas, atisbos temporales de estas «percepciones alteradas» han fascinado a la humanidad durante milenios. Este linaje de lo que podríamos llamar el camino visionario tiene una larga historia que incluye el chamanismo, las prácticas espirituales, los rituales religiosos, la inculcación de estados extáticos, etc., tanto en las culturas pre-modernas como en las modernas. Desde que existe, la humanidad ha experimentado destellos de otras esferas y en consecuencia ha intentado, mediante diversos y numerosos medios, recuperar esas experiencias. En algunos casos la gente las ha entrevisto, accidental y temporalmente, a consecuencia de acontecimientos tales como experiencias cercanas a la muerte, tragedias o «impactos de choque» similares.

De manera similar, mediante tales estados alterados de consciencia, se pueden lograr contactos «casi al azar» en la vida ordinaria. A menudo esos contactos se han podido vislumbrar –de manera transitoria– usando ayudas artificiales tales como intoxicaciones provocadas. Pero estos atisbos son más o menos temporales, si bien algunas personas intentan continuar reviviendo estas experiencias, pensando/creyendo incorrectamente que les conducirán a un estado permanente.  Esta actividad, y esa manera de pensar, a menudo es más destructiva que adecuada y demuestra, una y otra vez, una falta de información/conocimiento por parte del individuo, que con frecuencia se manifiesta al intentar inducir tales experiencias transitorias cuando es evidente que no sabe aprender correctamente de ellas ni utilizar su importancia. Sin una correcta función de desarrollo, lo más probable es que tales experiencias confundan y desvíen a la persona en lugar de inducir una comprensión evolutiva.

En nuestro nivel básico de consciencia no hay un patrón perceptible en el flujo de los acontecimientos. No tenemos acceso a la realidad objetiva, aunque puede haber momentos y circunstancias donde haya atisbos. Un ejemplo son los milagros, en los que las leyes de la realidad externa a nosotros intervienen/actúan dentro de nuestra realidad subjetiva. Asimismo, muchos cuentos, fábulas y alegorías antiguas, son representaciones de eso que funciona dentro de nosotros y a lo que nos referimos como «dimensión superior». Tales impulsos culturales, seamos o no conscientes de ello, nos ayudan a reestructurar la percepción de nuestro consenso actual de realidad y sus verdades aceptadas. Lo que a menudo tomamos por realidad sólo es, de hecho, una fina lámina de un «panorama más amplio».

El camino visionario es un sendero hacia adentro y como tal requiere un enfoque disciplinado. Sin embargo, las sociedades modernas no sólo no proporcionan esas prácticas sino que a menudo nos disuaden activamente de acercarnos a ellas. Es decir, el camino visionario –que es una forma de gnosis (experiencia directa)–  no se alienta ni se apoya. El resultado es que la gente en general no ve –o siente– la necesidad de tal disciplina. La vida moderna nos mantiene ocupados y, más o menos, satisfechos con otras actividades. Por tanto, el camino visionario de la gnosis desaparece de la vista, como si aparentemente no fuera necesario.  Desafortunadamente, resulta que para apartar nuestra atención del «camino recto» de la vida normal necesitamos «impactos de choque».

Puede que la vida moderna requiera un punto crítico –en sus estilos de vida materialistas y consumistas- para que dentro de la gente surja la necesidad de algo más. Es en esos momentos de profunda reflexión comunitaria y personal cuando se puede producir una comprensión interior: el reconocimiento de que la cultura y la tradición comunes, es decir consensuadas, ya sean sociales, políticas o religiosas, no ofrecen suficiente sentido a nuestras vidas. Esta percatación de la necesidad de una vida significativa ocurre a menudo en momentos en los que hay un deterioro evidente de los sistemas sociales y culturales. Tal reconocimiento –o re-conocimiento– todavía no predomina en la mayoría de nuestras altamente industrializadas, «civilizadas» naciones. Hemos desarrollado nuestra fe, nuestra razón, nuestras actividades mentales; hemos instaurado la industria y creado tecnologías maravillosas, pero, como suele decirse, hemos dejado de «trabajar en nosotros mismos». Citando de nuevo al poeta romántico Keats[I], se nos ha excluido del valle donde «se fraguan las almas». Y, no obstante, los signos siempre han estado ahí, a la vista.

Cuando nuestros primitivos antecesores cavernícolas pusieron por primera vez las huellas de sus manos en las paredes de sus cuevas estaban haciendo señales al mundo exterior «yo estoy aquí: yo existo». La chispa interna del ser humano intentaba ser escuchada: imprimirse en la vida externa. Fue una fase inicial de la expresión y la estabilización de la consciencia humana que en cada época percibe e interpreta de una manera particular su sentido de la realidad. La consciencia que hoy en día compartimos está muy alejada de la consciencia animista a la que nuestros ancestros tenían acceso. Es decir, animista en el sentido de que la mente pre-moderna percibía las fronteras entre «ahí fuera» y «aquí dentro» como menos fijas. Como siempre ha sucedido, la percepción también es una cuestión de experiencia. Cómo percibimos la realidad que nos circunda influye en nuestra percepción de ella, y viceversa. El camino visionario es por tanto un sendero de experiencia (más allá de la dualidad sujeto-objeto) y  una estabilización de la consciencia de acuerdo con las necesidades y los requerimientos de cada era concreta. En la historia reciente de la civilización humana esa potencialidad se ha abierto a la participación consciente.

La humanidad ha tenido la posibilidad de un desarrollo consciente durante muchos milenios. Lamentablemente, ese potencial se ha ignorado y se ha infrautilizado en gran medida.  Puede que, en esencia, el propósito de la humanidad, en términos de percepción consciente, sea evolutivo. El estado visionario –comprender con un grado más refinado de percepción consciente- es un aspecto esencial de la vida humana. Sin exagerar, es esencial para el desarrollo armónico continuo de la civilización humana. En ocasiones este potencial visionario se ha denominado imaginación creativa. Es incorrecto asumir que el mundo interior no requiere el mundo exterior, o a la inversa,  cada uno necesita al otro. Un estado visionario de percepción, como implica el término imaginación creativa, es activo: actúa sobre el mundo. Esta forma de consciencia se implica activamente con el mundo físico, material. No es un asunto ascético o monacal. Al igual que los chamanes pre-modernos eran/son para su comunidad los doctores/guías/ancianos, el camino visionario requiere que usemos activamente nuestra consciencia creativa para la mejora de nuestras sociedades humanas. Hablando claro, se podría decir que no necesitamos más incienso sino más sentido interior[II]. A menudo, la gente toma su propia ausencia de experiencia como prueba de que algo no existe o es absurdo. La gente incapaz de juzgar estas materias, debería abstenerse de hacerlo.

Como parte de la preparación para un estado visionario uno trabaja con una comprensión y una verdad relativas: es el caso de la mayoría de nosotros en la actualidad. El camino visionario se conoce con distintos nombres, algunos más prominentes que otros, dependiendo del lugar y de la época en la que opera. Otro nombre arraigado es el camino o tradición perenne, a la que volveré en mi próximo artículo sobre este tema.

 

El camino visionario hacia el auto-desarrollo puede comenzar cuando se cumplan los siguientes criterios: i) reconocimiento de la situación propia y de la necesidad de auto-desarrollo; ii) distanciamiento parcial del condicionamiento social y cultural y de las influencias externas; y iii) dar el primer paso hacia la independencia personal y la libertad interior.

Una vez que una persona ha reconocido su necesidad de auto-desarrollo, entonces puede empezar a «trabajar en sí misma» descondicionando gradualmente su personalidad social (la persona[III]). Dicha personalidad en general se crea por capas sobre capas de constructos artificiales, estructuras mentales y bagaje emocional. En otras palabras, la persona comienza metódicamente a despejar su personalidad. Entonces, y solo entonces, se puede dar un paso consciente hacia la libertad interior y la independencia genuina. Para que el estado visionario de consciencia pueda emerger -activarse- primero debemos desprendernos de los viejos patrones de consciencia. Es decir, que esas pautas se hagan menos establecidas, dogmáticas y fijas. Entonces a través de ese espacio, en el que hayan dejado de amarrarse los viejos patrones de creencia, pueden surgir nuevas percepciones.  A medida que se desarrolla ese proceso es importante que la gente permanezca asentada en el mundo –en sus vidas cotidianas- y no se entretenga con graciosas fantasías o intoxicaciones innecesarias. Una característica importante del camino visionario es que es armónico, ponderado y en equilibrio. Si en algún momento la persona no se siente conectada con estos estados, entonces puede que no esté captando una fuente genuina de potencial de desarrollo.

La grandeza de la humanidad no está en lo que ha conseguido, ni en lo que es, sino en lo que puede convertirse.

[I] Ver el ensayo previo «La vida interior» – http://kingsleydennis.com/la-vida-interior/

[II] N.T.: Juego de palabras intraducible por similitud fonética entre incense (incienso) e inner sense (sentido interior)

[III] La palabra persona aparece como tal en el original inglés y se utiliza para referirse al papel que se asume socialmente, al personaje de una obra de ficción o al término acuñado por Jung.