La imaginación espiritual aprovecha la tecnología de la información

para sus propios fines

Erik Davis, Techgnosis

En la mayor parte de nuestro pensamiento el mundo sagrado está divorciado de las tecnologías seculares. Y aún así, lo sagrado también puede sentirse como en casa con nuestras tecnologías, puesto que la tecnología, de una u otra manera, siempre ha estado presente al lado de la humanidad: desde el hogar hasta la morada.

Necesariamente la tecnología, para poder alcanzar la etapa más delicada y sutil –en la cual aprenderá cómo unirse y fundirse con las necesidades y las aspiraciones humanas–, ha tenido que pasar por el grado más burdo de desarrollo. Así como un diamante en bruto sigue siendo una piedra valiosa, así también la humanidad está en fase de «pre-pulido». Debemos aceptar estos primeros pasos vacilantes de bebé de nuestros sistemas tecnológicos en desarrollo, al igual que ser tolerantes con nuestras propias carencias. La tecnología, al igual que nosotros, está evolucionando y trascendiendo sus aspectos iniciales. La transformación de la consciencia humana va de la mano de la transformación de nuestras culturas tecnológicas. Ambas son expresiones que se corresponden entre sí. Nuestras tecnologías pueden considerarse reflexiones de nuestra imaginación creativa, al igual que cada etapa de la consciencia humana refleja una modalidad de tecnología.

Cuando exhibíamos un nivel más burdo de consciencia, nuestras tecnologías eran crudas, toscas y a veces implacables. El arma de fuego no se creó porque la tecnología lo demandase sino porque nuestra mentalidad la consideraba necesaria. Hoy día la vigilancia no prepondera en nuestras sociedades modernas porque la tecnología quiera espiarnos. Son los seres humanos quienes escogen acechar a sus semejantes. La tecnología tampoco es neutral, porque separada de nosotros no existe. Es un alargador extensible de la intención humana, y así seguirá a menos que modalidades de tecnología se conviertan en un tipo distinto de especie sentiente. E incluso si de las complejidades de nuestras tecnologías emergiese una forma de inteligencia artificial, no estaría separada de nosotros sino, por extraño que parezca, formaría parte de la familia.

Desde que nuestros ancestros descubrieron el fuego para mantenerse calientes la tecnología ha sido una parte colaboradora de la familia humana. Luego la enrolamos para ayudarnos a construir nuestros templos, nuestras estructuras megalíticas, nuestras imponentes catedrales góticas, y las señales de radio enviadas a los cielos estrellados. A pesar de lo que pueda parecer, las artes tecnológicas y las creencias humanas no se oponen. De hecho, el emprendimiento tecnológico ha colaborado constantemente con la actividad humana religiosa. El encantamiento con la tecnología tiene raíces religiosas que se extienden hasta mucho antes de la conquista del Nuevo Mundo, y más de mil años en la formación de la consciencia de occidente. En verdad, llega hasta los remotos orígenes de la cristiandad.

El matrimonio de la tecnología y la salvación

Los enclaves monásticos fueron bastiones de innovación tecnológica, a menudo escondidos tras los altos muros de ladrillo de los monasterios. En aquellos días, a lo que hoynos referimos como tecnología se denominaba artes mecánicas. Las órdenes monásticas innovadoras, como los cistercienses y los benedictinos, estaban implicadas en el desarrollo y la mejora de artefactos tales como  los molinos de agua y de viento, las técnicas de forja de metales, los relojes mecánicos, los anteojos, y la rueda de muelles, entre otros. El trabajo monástico ayudó a difundir la idea de que las artes mecánicas eran ayudas para la vida espiritual, lo que ha tenido una influencia perdurable en la psique europea. El influyente fraile franciscano Roger Bacon declaró que las artes mecánicas eran patrimonio de los hijos de Adán, y que con la caída del hombre se había perdido gran cantidad de conocimiento, que podría vivificarse totalmente como parte de la recuperación de la perfección original, tal como se refleja en la imagen de Dios. Roger Bacon llegó incluso más lejos al exhortar al papa a que desarrollase nuevas invenciones por si el anticristo llegaba a la Tierra e incautaba ese nuevo conocimiento para su propio provecho. Roger Bacon, además de su afamado trabajo de óptica, lentes y pesos, también era célebre porque había estado en posesión de la famosa cabeza de bronce, un autómata que algunas veces se ha asociado con los alquimistas. Actualmente muchos consideran a Raimundo Lulio, contemporáneo de Bacon, como un pionero de la teoría de la computación, gracias a su sistema mecánico de organización de la información. Análogamente, en el siglo XVIII, el inventor, científico y filósofo Emanuel Swedenborg vinculaba su amor por los inventos mecánicos (como su máquina voladora) con su idéntico amor a conversar abiertamente con los ángeles.

El matrimonio de la tecnología con el impulso religioso hacia la salvación continuó en los siglos XVI y XVII con Francis Bacon, quien, casi en solitario, revitalizó la búsqueda científica. Bacon consideraba el desarrollo de la ciencia tanto una tecnología como un medio para la redención, un concepto que se reflejó en los rosacruces, que veían las artes mecánicas como un camino válido para la iluminación. Estas perspectivas promovieron la identificación medieval de la tecnología con la trascendencia, e informaron la mentalidad emergente de la modernidad. Actualmente, la trascendencia es un denominador común entre las tecnologías emergentes del siglo XXI que, sin duda, subyace algunas de nuestras nociones de inteligencia artificial y transhumanismo.

 

Este espíritu de descubrimiento impregnó los comienzos de la Royal Society de Londres, fundada en 1663 a partir del muy hermético Colegio Invisible. La Royal Society consagró sus recursos a muchas áreas de la tecnología, incluyendo instrumentos de navegación, construcción de barcos, minería, metalurgia, instrumentos militares y equipos energéticos. Detrás de la Royal Society fluía una profunda corriente esotérica que incluía las artes alquímicas. Según el historiador Francis Yates, en los años veinte del siglo XVIII uno de cada cuatro francmasones ingleses era miembro de la Royal Society.

[1]

Muchos grandes innovadores e ingenieros tecnológicos procedían de las filas de la francmasonería; entre los primeros ingenieros civiles de Inglaterra figura John Desaguliers, tercer Gran Maestro de la Primera Gran Logia de Inglaterra. Este espíritu de invención también fluyó con fuerza en ultramar con prominentes masones estadounidenses (como Benjamin Franklin). En Francia, la Escuela Politécnica, que llegó a ser una de las primeras escuelas mundiales de ingeniería, fue creada por un grupo de francmasones. Los francmasones fueron los apóstoles de la religión de la tecnología, con ideales de trascendencia tecnológica.

 

Uno de los descubrimientos que más ha cambiado la tecnología en el mundo de nuestra era reciente ha sido la magia de la electricidad. La palabra electricidad aparece por primera vez en la lengua inglesa en 1650, en una traducción de un tratado de las propiedades sanadoras de los imanes de Jan Baptist van Helmont, un médico flamenco y rosacruz que trabajaba en la línea fronteriza entre la magia natural y la química moderna. De hecho, muchas referencias tempranas a la electricidad describían su fuerza en términos marcadamente alquímicos, tales como el «fuego etéreo» o el «fuego quintaesencial». Y aún así, damos por sentado que casi todos nuestros electrodomésticos se enchufan en una red de suministro eléctrico invisible. Apenas reparamos, o no lo hacemos en absoluto, en cómo nuestros dispositivos también producen campos electromagnéticos, que se engranan con todos los demás campos invisibles en nuestro entorno. Y, sin embargo, ahora este «fuego quintaesencial» forma parte de nuestra red global, junto con los cada vez más crecientes flujos de información. Actualmente nuestras proezas tecnológicas nos propulsan hacia los espacios sagrados del cosmos y sus habitantes celestiales.

Lo que hoy llamamos espacio se solía conocer como cielo. Como Bruce Murray, ex director del Laboratorio de Propulsión a Reacción de la NASA, declaraba en 1979: «La búsqueda de inteligencia extraterrestre es como buscar a Dios» [2] Nuestros dispositivos tecnológicos nos permiten convertirnos en mensajeros celestiales que conducen los carruajes reciclados de los dioses. Es interesante, aunque no sorprendente, saber que todos los astronautas americanos de la primera generación compartían fuertes convicciones espirituales y tenían una profunda fe religiosa (casi como si encontrarse con los cielos estrellados estuviese vedado a los ateos). En las navidades de 1968, durante el viaje del Apolo 8, los astronautas hicieron una lectura de Nochebuena del Génesis que fue emitida de vuelta a la Tierra. La historia sagrada de la Creación se ha vuelto a narrar y ha revivido a través de las artes mecánicas. Y para continuar con ello, Edgar Mitchell (Apolo 14) dejó en la superficie lunar un microfilm que contenía el primer verso del Génesis en dieciséis lenguas. Desde la historia de la Creación hasta nuestra historia de crear, estamos avanzando por la espiral ascendente de la trascendencia mediante nuestras tecnologías.

Estamos listos para despegar, dejando atrás el mundo viejo, espeso y menos equitativo, como un cohete desprendiéndose de sus propulsores durante las primeras fases de su lanzamiento. Nuestras relaciones ampliadas con la tecnología serán las que ayudarán a trascender nuestros yos más primitivos.

Transcender el tigre

Y ahora, una vez más, tendemos la mano a la tecnología como fuente de nuevos materiales, nuevas prácticas sostenibles, e infraestructuras reformadas para apoyar culturas más ecológicamente alineadas e integrales. Necesitamos que la humanidad y la tecnología trabajen juntas hacia un ecosistema más sostenible que conecte por todo el planeta la gente, las vidas y los acontecimientos. Y al igual que la consciencia humana trasciende sus antiguos patrones de pensamiento, también responderán nuestras tecnologías para reflejar esa nueva manera de pensar. Como un paralelismo de nuestra consciencia más precisa y nuestros niveles de auto-reflexión, las modernas tecnologías se están volviendo más etéreas e invisibles, armonizándose con nuestro entorno, haciéndose literalmente ocultas. Ahora, para conectarnos a las nubes de información en el éter, necesitamos códigos secretos, una clave especial para los iniciados. Nuestras contraseñas digitales se han convertido en nuestros nuevos hechizos mágicos. En la actualidad, el hardware, la máquina física, ya no es el símbolo de nuestro tiempo sino que representa nuestra fase previa. La máquina de duros contornos ya no lanza un conjuro mágico. El hechizo que ahora se emite pertenece a algo más allá del aparato mecánico, al mundo intangible pero fluido de las conexiones, los algoritmos, los códigos lúcidos y la inteligencia artificial.

El arquitecto y pensador visionario Buckminster Fuller expresaba una noción similar escribiendo sobre la «efemerelización» al observar la tendencia de la tecnología a acercarse cada vez más a lo efímero. Es decir, el cambio desde los cables pesados y las torres o los postes hacia la fibra óptica, los satélites espaciales, y el  wifi. Fuller pronto reparó en cómo la civilización se estaba transformando a sí misma desde una materialidad pesada hacia formas más ligeras y sutiles de conexión y funcionalidad. Pronto el moderno panorama físico-digital les parecerá un mundo alienígena a las viejas mentes lineales. Y sin embargo todo forma parte de la hibridación natural de la vida en evolución sobre el planeta Tierra. Las culturas humanas siempre han sido una forma híbrida de tecnocultura, desde los tiempos más antiguos cuando se encendía el fuego, hasta fundir con fuego la arena para producir las ventanas a través de las cuales vemos el mundo fuera de nuestros hogares. La civilización siempre ha sido una tarea colaborativa entre las herramientas inventadas por los humanos y nuestro medio ambiente natural. Y el proceso todavía está inacabado: la humanidad sobre este planeta aún debe madurar. Se requiere más magia y más aumento de sustancia del alma.

En nuestro empeño por ser como Prometeo, nuestro gran benefactor que nos trajo el fuego y encendió nuestro amor por la tecnología, estamos obligados a desarrollar una forma de consciencia más elevada y más madura, que reconozca que debe coexistir junto con los flujos, las conexiones y las comunicaciones de nuestros dispositivos tecnológicos. La tecnología no es sólo un objeto físico sólido, un maravilloso aparato que sostenemos entre las manos. Implica el flujo continuo y la interacción de energía, información, influencia y todo aquello que constituye el entorno invisible y etéreo que opera en el fondo de nuestras vidas. Ahora podría decirse que «la tecnología encarna una imagen del alma… redentora, demoníaca, mágica, trascendente, hipnótica, viva» [3] Es la arquitectura ambiental a través de la cual navegamos y de la que cada vez dependemos más. Es, y siempre ha sido, nuestro gemelo humano más que nuestra herramienta.

La tecnología también es nuestro vínculo entre el mundo de la mente   (noosfera) y el de nuestros artefactos culturales (technosfera). En los diversos laboratorios diseminados por el mundo hay inspirados innovadores creando la próxima incorporación a nuestro tejido tecnológico. Con sus susurros secretos, costumbres peculiares, lenguaje compartido, y cerrada hermandad se asemejan a los antiguos monasterios. Su anhelo de salvación gracias a la tecnología es más fuerte que nunca, con la humanidad aspirando a formar parte de la siguiente fase de la creación. El proyecto de la tecnología como medio de trascendencia ha estado en marcha durante milenios; siempre ha sido el cometido sagrado humano.

El fuego fue nuestra primera tecnología y desde entonces no hemos dejado de tecnologizar la luz trascendente. El fuego de los dioses forma parte de la narrativa de nuestra evolución. La tecnología nos capacita para volar, aunque aún no debemos elevarnos directamente hacia el sol por si derrite la cera de nuestras alas de Ícaro. Pero como Ícaro, tenemos la ambición, el coraje, y puede que demasiada arrogancia, al tratar de alcanzar nuevas altitudes. Nuestra esperanza es que con una consciencia más refinada de nuestras habilidades y nuestro potencial también cultivaremos una actitud más humilde hacia los cielos estrellados que nos esperan.

 

[1] Yates, Francis. The Rosicrucian Enlightenment. London: Routledge, 2001.
[2] Quoted in Noble, David F. The Religion of Technology: The Divinity of Man and the Spirit of Invention. London: Penguin, 1999, 134.

[3] Davis, Erik. Techgnosis: Myth, Magic and Mysticism in the Age of Information. New York: Three Rivers Press, 1998, 9.

LIBROS DESTACADOS